Permanecer. Frente a la página en blanco, que es un territorio desconocido. No conquistarlo de golpe. No. Quedarse. Hasta que la verdad que esconde se canse y se muestre. No es paciencia. Es una especie de combate. Silencioso. Sin testigos. Permanecer en el mundo sin ser del mundo. Eso significa. Ignorar los rumores, la moneda falsa de los halagos, la niebla de las modas. Un aislamiento necesario. Como ser el último hombre en una ciudad abandonada, y preferirlo. Y creer. Con una fe estúpida y magnífica. En el acto de escribir. No porque sirva para algo. No sirve. Es como tallar madera en la oscuridad. Figuras deformadas y fuera de moda. Pero se impone tallarla. Con la terquedad de un loco. Es un pacto con uno mismo. Un sí dicho en voz baja, pero para siempre. El resto es esperar. Aguantar. Algo que también hacen las piedras en la costa. O el hierro de los barcos oxidándose lentamente. Eso no tiene mérito. Es sólo el desgaste del organismo. La verdadera estancia es otra cosa: es arder sin moverse, en un solo punto, hasta dejar sólo la forma más pura y dura. Esa es la única victoria. No dejar cenizas. Dejar espejos.
miércoles, 20 de agosto de 2025
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