Observa. No hay bandera. No hay himno. No hay fotos coloridas. No hay gesto que delate el secreto. Y sin embargo, ahí están: los felices. No se parecen a nada. No son héroes, ni sabios, ni santos. No llevan armadura. No tienen discurso, ni razón. Simplemente avanzan. Como si la dicha fuera un músculo que ellos, sin saberlo, hubieran ejercitado desde siempre. Los otros -los normales, los que creen que la alegría se merece, se construye, se gana, se compra- los miran con esa mezcla de fascinación y fastidio con que se mira a los tramposos. Pero no hay trampa. Sólo esa rara maestría de existir sin pedir permiso. Dejar caer el peso de las razones. Abrir las manos. Y recibir el día como lo que es: un regalo sin destinatario. Ahí está el truco. No hay truco.
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lunes, 31 de marzo de 2025
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