En una habitación llena de espejos, un hombre se enfrentaba constantemente a su propio reflejo. Pronto advirtió que cada espejo le devolvía distintos recuerdos: su padre sonriendo en un verano lejano, un amigo cantando en un instante de felicidad compartida. La vida, pensó, era un juego de reflejos, donde cada movimiento era seguido por una imagen diferente. Cada persona era un espejo que reflejaba algo de él, un fragmento de su historia. En un espejo vio a una mujer en una playa soleada. No la conocía, pero sentía que formaba parte de su historia, como si su presencia estuviera grabada en su memoria. La imagen lo atrapó, como si el mar llevara consigo la memoria de una vida no vivida, de un destino no cumplido. La mujer sonrió, y él tuvo la certeza de que la había conocido antes, aunque no supiera dónde ni cuándo. Los espejos se convirtieron en portales, mostrando no sólo imágenes, sino vidas y latidos ajenos. Así, dejó de buscar el reflejo de su propia imagen y comenzó a explorar a los demás. La habitación se transformó en un vasto paisaje de historias compartidas, donde cada persona era una huella en un camino común.
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domingo, 26 de enero de 2025
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