Hay un defecto de origen. Una configuración. Un mueble armado con una pieza de más y una de menos. Desde ahí, el destino es una repetición. Todo lo que se hace se hizo antes. El error tiene la misma forma, el mismo sabor, la misma hora del día. Aprender no sirve. El defecto está en la fábrica. Uno ve la curva antes de tomarla. Y sin embargo la mano sigue su curso, porque la mano obedece al diseño. Uno se cree dueño de su vida y es un empleado que repite la misma tarea, convencido de que esta vez sale distinta. Sale igual. Lo peor es la soledad. Uno se rompe lejos de los demás y desde ahí escucha cómo el mundo celebra a los que funcionan. Uno pertenece a otra categoría: la de los que vienen rotos de origen, los que cargan una culpa de fábrica. Pero el que repite, conoce. Conoce la curva, conoce el lugar, conoce la hora exacta en que todo vuelve. Y conocer es una forma de estar despierto. Los que funcionan avanzan. El que repite mira dos veces. Y en esa mirada doble hay una atención que nada compra. Parece resignación, es lucidez. La libertad era una ilusión cómoda. Pero en la lucidez hay calma. La paz del que deja de mentirse. Y el que deja de mentirse, empieza. Saber que no hay salida es la única salida.
Espejos (Cultivando lo imposible)
"...Y la vida es uno mismo, y uno mismo son los otros...".
miércoles, 28 de octubre de 2026
A ELLOS, SIEMPRE, GRACIAS
La ciudad de noche no perdona. El zorro urbano lo sabe. No camina: se mueve por donde el mundo apaga las vidrieras. Hay una dignidad en eso que no se ve. Cruza la calle vacía con el cuerpo cansado, calculando. Sin público. Sin aplauso. Sólo la obligación de volver con algo. La ciudad duerme o se entretiene. Él no. Eso hacen ciertos padres. Salen cuando otros vuelven. Sostienen una alerta que nadie agradece porque nadie la ve. No es heroísmo. Es una respuesta instintiva. La responsabilidad verdadera no se vive como sacrificio. Se vive como lo que hay que hacer. El amor no cae del cielo: se sostiene con actos. A veces, incluso, duele. Es una promesa que se renueva cada noche. El zorro no se pierde en la ciudad. La atraviesa. Hay una canción, casi secreta, que alguien le dedicó a ese animal. Pero la melodía verdadera es la que no se escucha: la de los padres que hacen lo que otros no harían, por quienes duermen sin saberlo. Tranquilos. A ellos, siempre, gracias.
martes, 27 de octubre de 2026
LA DISTANCIA JUSTA
La gente se nos acerca. Casi nunca por maldad. Tampoco por bondad. Se acerca y listo. Es el modo en que funciona esto de vivir con otros. Quieren meterse, curiosear, corregirnos, dejar su marca en lo que hacemos. Y quizá tengan razón en quererlo. Pero nosotros tenemos otra razón, igual de válida: poner el límite, decir basta. Hasta acá. Eso también es un principio, y de los importantes. Porque el asunto no es quién se acerca ni con qué intención. El asunto es la medida, la distancia justa. Uno aprende, a fuerza de roces, que hay un punto exacto entre dejarse invadir y quedarse solo. No es un punto que alguien regale. Se encuentra. Se ajusta. Se sostiene. La gente avanza. Uno pone el límite. Y encuentra su propia distancia.
lunes, 26 de octubre de 2026
DESPUÉS DE LA LLUVIA
Después de la lluvia el aire queda limpio. Uno camina y de pronto siente una gota. Mira para arriba: el cielo está abierto. La gota venía de una hoja. Hay amores que funcionan así. Ya no llueve, pero algo gotea todavía. Uno sigue sintiendo lo que sentía, aunque lo que lo producía ya no está. Y está bien. Porque amar es algo que se hace ahora, con lo que hay. Los recuerdos son un buen lugar para visitar, no para vivir. Cuando uno elige mirar lo que tiene adelante, lo que gotea deja de importar. Y lo que queda es simple: dos personas, el aire limpio, las ganas de seguir.
domingo, 25 de octubre de 2026
EL RUIDO
El ruido no necesita volumen. Le alcanza con ser constante. La calle interrumpe. Pasa un camión, una moto, alguien a los gritos. El ruido no tapa el pensamiento: lo corta y se va. La pantalla hace lo mismo, pero sin sonido. La notificación que no llegó, la que podría llegar. Una vibración que no se escucha pero se siente. Ese ruido impide que una idea se quede quieta el tiempo necesario para volverse pensamiento. Y el peor es el que no viene de afuera. El que se instala en la cabeza y habla solo. Un comentario que se repite, una frase que no dijimos. La sonoridad puede volverse obsesión. El discurso se rompe cuando el ruido gana. No lo contradice: lo desarma. Una idea necesita continuidad para volverse argumento. El ruido la corta y la deja a medio camino. El ruido no es un accidente del mundo moderno. Es su forma más eficaz de disciplina. Un sujeto interrumpido no piensa: consume. Y un sujeto que no piensa obedece sin darse cuenta. El ruido no nos distrae del sistema. Nos distrae de nosotros.
sábado, 24 de octubre de 2026
MUERTE LENTA
Uno crece. Y un día entiende lo que hizo: persiguió ambiciones que no eran del todo suyas, se abandonó y dejó pasar el presente mientras sostenía una vida que no había elegido por completo. El arrepentimiento no aparece de golpe; se instala en la rutina, en la contractura, en el dolor de cabeza. La apatía deja de doler y se vuelve comodidad. Uno se acostumbra a estar desconectado y a eso lo llama calma. Ahí duele la madurez: no por lo perdido, sino por lo que se hizo para no mirar. Esa rendición ante el paso del tiempo es una muerte lenta aceptada por inercia. La tragedia tuvo una causa simple: se perdió el presente mientras se lo administraba.
viernes, 23 de octubre de 2026
¡CLINC, CAJA!
Primero fue una moneda. Después, una cifra. Después, la costumbre de dedicar la mayor parte del tiempo a lo que reditúa. ¡Clinc, caja! El dinero se instala y organiza la casa, los horarios, a quién se llama y a quién se deja esperando. Hubo un tiempo de sobremesas largas, de tardes sin apuro, de gente querida sin agenda. Él lo recuerda apenas. La memoria también se terceriza. Llegaron las pérdidas. No queda tiempo ni para el duelo: primero está lo que reditúa. Se contesta después. La casa sigue en orden y el teléfono suma una notificación. Nadie dice nada; todos juzgan en silencio. Y a la ausencia se la llama carácter. La sociedad aplaude al que factura y desconfía del que llora. El éxito exige pruebas: un auto nuevo, una sonrisa de catálogo. Los afectos quedan como gastos deducibles. ¡Clinc, caja! Otra venta. Otra noche de culpa con traje. La belleza era eso: poco. Una mesa, alguien que espera. ¿En qué momento se arruinó la vida? No hubo un día exacto. Fue una suma de pequeños abandonos: el cumpleaños olvidado, la llamada postergada, el "hoy no puedo" dicho tantas veces. Al final, la caja se abre. Adentro no hay nada. Sólo el ruido de haber vivido para ella. ¡Clinc, caja! Y la caja, siempre abierta, cobra.
jueves, 22 de octubre de 2026
LA CORRIENTE
La civilización moderna no caerá en una batalla. La arrastrará su propia inercia. Su orden vive de la alienación: de un control que se esconde en el mecanismo, del consumo como obediencia, de una decadencia que se confunde con progreso. Cada promesa de elección repite una oferta. Y las elecciones suelen dividirse en dos: un lado y el otro. La promesa va de un extremo al otro; la oferta la acompaña. Ese vaivén se confunde con libertad. Así, el sistema fabrica su propia fuerza de destrucción. Con precisión matemática. Esa fuerza no viene de afuera. Es una corriente subterránea, inflexible, que avanza lentamente. No ataca las estructuras: las deja caer. Primero vacía el lenguaje. Después ocupa las consignas. El poder no crea esa corriente, pero la administra: fabrica enemigos porque los necesita. Le sirven para que reclamen, de manera solapada, las banderas del poder. Sin enemigos no sabría manipular. La victoria no será un asalto. Será una sustitución. Cuando termine el vaciamiento de los valores, no quedará nada que defender. Sólo una forma vacía que pide ser llenada. La corriente no pedirá permiso. Reclamará el control absoluto. No habrá ruina visible. Habrá una administración nueva sobre un mundo sin contenido. El colapso será total. Por eso, silencioso.
miércoles, 21 de octubre de 2026
EL DOMINGO
A las ocho se riega el césped. La casa está limpia. El auto, lustrado. Se saluda con la mano. Se es buen vecino. El domingo funciona así. Dentro hay reglas: no se habla de dinero, no se grita, no se rompe nada. La mesa está servida. La cortesía sostiene el almuerzo. La hipocresía burguesa no es una mentira torpe: es una coreografía necesaria. Hace posible el barrio, la visita, la paz del mediodía. Lo que no se dice no desaparece: queda guardado y ordenado en un cajón. La buena educación no apaga el impulso oscuro y egoísta: le enseña a esperar. A pedir la sal. A sonreír antes de romper. Y está bien. Sin máscara no hay domingo, ni lunes ni martes. La civilización no extingue al animal: lo sienta a la mesa. Le pone una servilleta. Nadie lo nombra. La civilización no es la ausencia de violencia: es su mejor traje. Y el domingo queda impecable.
lunes, 19 de octubre de 2026
CORREGIR PAPELES
Tachó un nombre con lápiz y guardó la lista en el cajón, entre papeles sueltos. Cerró el cajón y no dijo nada. Hacía tiempo que explicar ya no servía. Buscaba otra cosa: alguien que lo ayudara a corregir lo que había pasado. El pasado no lo dejaba dormir. Juntaba fechas, mensajes y razones. Ordenaba todo. Creía que así conservaba algo; en realidad, sólo lo guardaba. Encontró a esa persona. Se sentaba con ella y la escuchaba. Le corregía los recuerdos: esa fecha no había sido así; ese mensaje decía otra cosa. No le pedía que sostuviera la versión que él había armado. No le pedía permiso para elegir: elegía. Cuando terminó, el pasado seguía entero. La versión estaba completa. Era la versión de esa persona. La suya no la había contado nunca. Por eso no aparecía en ella.
domingo, 18 de octubre de 2026
VOZ BAJA
Hay una cultura que no se mide en fechas ni números. No es saber mucho. Es una forma de estar vivo sin anestesiarse ni romperse. Se reconoce en alguien que duda, pide razones, acepta lo complejo y sabe decir “no sé”. Que no confunde mostrarlo todo con entender. Que no llena cada espacio con palabras. Que no se obliga a ganar. Que conserva una zona que no muestra y no por eso miente. Que no sonríe por obligación. Que puede quedarse quieto sin culpa. Que escucha hasta el final, no humilla al que se equivoca y cambia de idea sin sentirse derrotado. En una mesa donde se pregunta y nadie contesta “porque sí”. Donde el que piensa distinto no es una amenaza. Cuando falta, no falta una idea: falta aire. La casa se llena de ruido. El ruido tapa al que no se deja comprar ni vender por un éxito rápido. No lo echan. Pero ya no hay lugar. Una sociedad puede tener razón en todo y equivocarse en lo único que importa: a quién le cierra la puerta sin decírselo.
viernes, 16 de octubre de 2026
SALTAR
La crisis no pide permiso. Llega. Desordena. Y el mundo, de golpe, queda en otro lugar. Como una casa después de una mudanza. En ese desorden, en algún punto de vos, hay una elección: quedarte con lo que ya no sostiene, o saltar. Tal vez la vida no se limita a lo conocido. El miedo no desaparece. Lo llevás con vos. Camina con vos. Pero la seguridad que depende de la obediencia es una forma de encierro. La libertad no se tiene: se ejerce. No se esperan certezas. Se actúa con lo que hay. La incertidumbre no es una amenaza. Es el terreno donde aparece lo nuevo. El optimismo no es ingenuidad: es una forma de responder. Cuando todo tiembla, vos no te detenés. Tomás impulso. Das el salto. No hay garantías. Pero estás vos.
ELEGIR, RENUNCIAR
Uno elige una cosa y pierde otra. No hay forma de evitarlo. De eso está hecha la vida. Quien pretende conservar todo, no conserva nada: hace inventario. Quien ama, elige a alguien y deja ir al resto. No por desamor, sino porque elegir a alguien es renunciar a los demás, todos los días. La libertad no es tener todas las opciones. Es comprometerse con una. Muchos no eligen para no perder. Se someten a lo que se espera. Creen que así se salvan. Se equivocan. Aceptar la pérdida no es resignarse: es dejar de llamar destino a lo que uno no se atrevió a elegir.
lunes, 12 de octubre de 2026
DUENDE
En Japón lo llaman wabi-sabi. No se trata de que lo roto sea bello. Es que, a veces, en lo roto, aparece algo. La voz gastada de Roberto "El Polaco" Goyeneche. Janis Joplin. No cantan perfecto. Cantan verdad. Federico García Lorca decía que no basta el ángel. Hace falta duende. Algo que quema. Que no se enseña. Hoy todo debe ser visible. Medible. Sin sombra. La transparencia no deja lugar al misterio. Y sin misterio no hay arte. No se trata de equivocarse. Se trata de no mentir. De no controlar lo que desborda. A veces la voz se quiebra y dice la verdad. No una verdad cualquiera: una verdad desnuda. Una verdad que llega sin pedir permiso. Otras veces sólo se quiebra. La diferencia es todo.
domingo, 11 de octubre de 2026
ANTES DEL DISCURSO
Ya no quiero pensarlo todo. Hay un saber que no pasa por la razón. La crisis quiebra la lógica. Manejo la ansiedad. No busco más datos: acepto el misterio. No lo llamo derrota. Lo llamo otra forma de saber. La intuición es la forma más pura de la inteligencia. Decide antes del discurso. Acierta en lo esencial. Lo más puro no se traduce. Se vive en el alma, en el aire, en paisajes de sueño, en una paz que sólo existe mientras se sueña. Aceptar la vulnerabilidad es el portal iluminado. Dejo de retener. Elijo ofrecerme. Ser sin necesidad de tocar. Hay conexiones que no necesitan palabras. Se sienten. Se viven. La paz no llega cuando todo se entiende. Llega cuando uno deja de exigir que todo se entienda. Ahí, simple, uno sabe quién es. Y sigue.
ELOGIO DE LA CAÍDA
Uno se cae. No hay música para esa caída. Hace el ridículo, que es, casi siempre, la forma más honesta del espectáculo. La máscara se rompe. El orgullo no sostiene. La frialdad tampoco. Y eso no es el final: es el comienzo. Porque sólo cuando el ego se quiebra aparece lo que somos. No lo que tenemos. No lo que mostramos. No lo que alguna vez aprendimos a fingir con tanta dedicación. Reírse de uno mismo es un acto de libertad. Ahí empieza la resiliencia. Ahí se puede seguir. Sin caretas. Sin mentiras. Sin la coreografía agotadora de parecer. El fracaso es necesario. Nos saca el disfraz. Nos deja desnudos. Y desnudos, por fin, podemos ser. No invulnerables. No perfectos. Seres, apenas: frágiles, reales, respirando.
DISTANCIAS
Uno se compra un mapa. Lo cuelga en la pared. Lo mira cada noche, antes de dormir, cuando la casa se vuelve un lugar ajeno. Cree que en algún punto de ese papel está lo que le falta. Aprende nombres. Calcula distancias. Se imagina llegando. Se imagina, incluso, la luz de esa hora. Después, un día, lo descuelga. Lo dobla con cuidado, como si guardara una carta que no se atreve a leer. Lo guarda en un cajón. No porque haya ido, sino porque comprende que no hay ningún lugar que encontrar. Hay, en cambio, alguien que ser. Ese alguien es él. Se queda quieto. Ya no espera nada. Poco a poco, el mapa va quedando debajo de otras cosas.
sábado, 10 de octubre de 2026
NACER Y RENACER. SIEMPRE
La crisis no viene a rompernos. Viene a mostrar que ya no somos aquello. No perdemos. Nos desintegramos. Y desintegrarse puede ser la mejor noticia. El tiempo no es una línea. Es una espiral, una vuelta que no se repite. Volver no es retroceder. Es llegar distinto. Con otra identidad. Nadie nos salva. La sanación es de cada uno. Ser nuestros propios padres: darnos lo que hubo y lo que faltó, cuidarnos, elegirnos. Con miedo, dolor, culpa, enojo, soledad. Y después, con paz, gratitud, amor, libertad, alegría. Agradecerles a los padres, incluso por sus errores. También ellos amaron como pudieron. Sanar no es olvidar. Es transformar el dolor en crecimiento. Cada crisis, una puerta. Cada partida, un renacer. Ser la mejor versión de uno mismo. No la perfecta. La más libre. Nacer y renacer. Siempre.
viernes, 9 de octubre de 2026
SEÑALES
Ya no se prohíbe. Se ofrece. Todo tiene precio. Lo llaman libertad. Uno entra a cualquier tienda y cree que elige. En realidad, obedece. Compra calma. Anestesia contra una realidad que duele. No compramos cosas. Compramos un lugar frente a los demás. El auto, el celular, la ropa, la casa. Señales. El otro deja de ser un igual. Se vuelve medida. La solidaridad se rompe. Cada uno cuida su vidriera. Nadie mira a los costados. La rutina se acepta: trabajar, pagar, mostrar, repetir. Sumisión elegida. Nadie la impone. Esa violencia no niega. Afirma. Nos dice que podemos, que debemos, que queremos. Uno se cansa y cree que le falta esfuerzo. El problema es siempre uno. Todo se muestra. Nada se toca. Hay conexión. No hay comunidad. Nada de eso devuelve lo humano. Ni el curso, ni la aplicación, ni el pódcast, ni la compra. La solución está en dejar de pedirle a las cosas lo que sólo la vida puede dar. Menos vidriera. Más tiempo. Menos marca. Más unión. Menos yo. Más nosotros. No es renunciar. Es volver a vivir. Porque cuando ya no esperamos nada de lo que se compra, empieza lo que no tiene precio. Hay que apartar la mirada de la vidriera. Mirar a los ojos. Es sólo cuestión de empezar.
jueves, 8 de octubre de 2026
SILENCIO
El silencio es una casa. También una cárcel. Muchas veces calma: templo vacío, hostia sin palabras. Pero no siempre. A veces es mordaza. Cuando la violencia se hace orden, el miedo aprende a no nombrarse, la fe cae como iglesia sin campanas. En esos casos, el silencio no calma: esconde. No une: aísla. La época pide transparencia y éxitos. Nos quiere exhibidos y eficaces. Y sin comunidad. Callamos para no quedar afuera. Callamos, y eso pasa por paz. Hay una mesa familiar donde nadie dice lo que piensa. Hay un cuerpo que aguanta. Hay una cruz sin resurrección: resistir sin esperanza. Suena Pixies: Monkey Gone to Heaven. Nadie la apaga. Señal mínima de que algo sigue vivo. El silencio es necesario. A veces calma. Pero no siempre es tranquilidad. A veces es el síntoma. Y cuando un pueblo entero aprende a callar así, no está en paz. Está esperando que alguien diga la primera palabra.
miércoles, 7 de octubre de 2026
ENTRETANTO
La vida empieza en el útero. Sin permiso. Termina cuando la música se apaga. En el medio, nosotros. De jóvenes bailamos sin saber que la música se apagará. Está bien. Mejor no enterarnos todavía. Después llegan las dudas. El tiempo. El cuerpo que se cansa. El miedo a ser frágiles. No peleamos con eso. Bailamos con eso. No venimos a mirar. Venimos a movernos. No acumulamos. No poseemos. Lo profundo se vive. La libertad no es un permiso: es la capacidad de responder. Que disfrutemos del entretanto. Que aceptemos la luz y también el cierre. Cuando la música pare, que no nos encuentre sentados. Que nos encuentre bailando.
martes, 6 de octubre de 2026
QUEDARSE QUIETO
El mundo perdió sus templos. Nadie sabe bien quién bendice, quién condena. Entonces uno podría esperar afuera, con la mano extendida, a que alguien le devuelva la fe. Pero eso no sucede. Santificarse es otra cosa. Es quedarse quieto, mirar adentro, ordenar lo que se puede. No hay sacramento más difícil. Consiste en no obedecer a cada impulso, en no entregarle la propia paz al primero que grite. El que logra eso ya está salvado, aunque nadie se lo confirme. Y después, recién después, puede mirar al otro sin pedirle nada. Amarlo sin usarlo. Eso es todo. El cielo no baja. Se construye, en silencio, entre dos personas que se sostienen.
lunes, 5 de octubre de 2026
LO DEMÁS
A veces alguien quiere escribir su vida. Se sienta donde puede. Empieza por lo de afuera: la casa, el pueblo, los años. Después, si insiste, llega a lo de adentro. En algún punto la mano se detiene. Escribe un poco más, tacha, vuelve a empezar. Deja lo que se puede dejar. Lo demás queda guardado, sin nombre, en un lugar del que no se habla. Sucede con todos. Se puede viajar, cambiar de trabajo, aprender un idioma, empezar de cero en otra ciudad. Siempre hay una parte que se queda con uno. Uno la lleva como un bolsillo que no se usa. No hace falta ir a buscarla. Mejor no hacerlo. Hay cosas que funcionan si uno las deja tranquilas. El que escribe lo sabe. Por eso termina antes de tiempo, redondea, pone un punto final donde no corresponde. Y se va.
sábado, 3 de octubre de 2026
TRES VERDADES
La tarde caía. Él seguía ahí, sentado en la arena, mirando el agua, sin decir nada desde hacía horas. Yo estaba cerca, pero no demasiado. Pensé en eso que pasa cuando uno se acostumbra a otro: las palabras se gastan. Uno dice te quiero y ya no sabe qué está diciendo. Cumple. Funciona. Se olvida de mirar. El mar, en cambio, no se gasta. Sube y baja sin prometer nada, y cada vez que vuelve, vuelve distinto. Él se dio vuelta. Me miró como si yo fuera un objeto que recién aparecía en la playa.
—Voy a dejar de mentirme —dijo.
Y sonrió. Una sonrisa chica, de esas que no se fabrican. Después se fue caminando por la orilla, sin apuro, con las manos en los bolsillos. Yo me quedé un rato más, mirando cómo la noche borraba sus pasos. Después abrí los ojos. La habitación estaba oscura. La playa no existía. Él tampoco. Hacía años que no existía. Pero yo todavía podía sentir la arena en las manos, y esa frase seguía sonando, limpia, como si alguien la hubiera dejado ahí para mí. Me levanté. Fui hasta la ventana. Afuera no había mar, ni arena, ni sol. Sólo la ciudad, indiferente, empezando otro día. Y pensé que empezar de nuevo no es tan difícil. Basta con decir una verdad. Una sola. Y después otra. Aunque el único que la escuche sea uno mismo.
miércoles, 30 de septiembre de 2026
LOS MEJORES DÍAS
Los cuerpos salen temprano de sus casas y se integran a una coreografía que nadie ensayó, pero todos conocen. Las oficinas abren. El café se sirve en vasos de cartón. Se repite que cierta edad es la mejor. Que el ahora merece celebrarse por el solo hecho de ser ahora. Eso calma. Oculta que muchos atraviesan los días sin un vínculo verdadero con nada ni con nadie. Las personas se cruzan con la mirada fija en un punto indeterminado. Comparten durante años los mismos espacios sin intercambiar una palabra. Regresan a sus departamentos. Encienden la televisión. Esperan que el sueño llegue antes que la conciencia de estar solos. El tiempo avanza sin propósito. Los meses se acumulan. Y en algún momento aparece una posibilidad distinta. Se manifiesta en la decisión mínima de mirar a quien tenemos al lado. De preguntar cómo está. De detener por un instante la marcha. Nada condena. Sólo espera. Alcanza con romper una sola vez el automatismo para descubrir que la conexión no se perdió. Apenas estaba dormida.
martes, 29 de septiembre de 2026
NO ES FÁCIL
Uno aprende temprano. Hay una mirada que aprueba y otra que no. La de quienes crían, para empezar. Uno estira la mano hacia esa aprobación como quien busca el sol en una habitación fría. La consigue. Y entonces la mirada se corre, pide otra cosa. Nunca se detiene. Después vienen los otros. La pareja, los hijos, los amigos, el que manda. Uno cree elegir. En verdad, obedece. Cree querer algo propio, y lo que quiere es que el otro esté contento. Que esté conforme. Así se pasan los años. El que vive pendiente de la aprobación ajena no está amando. Está haciendo cuentas. Da para recibir, se porta bien para que lo quieran. Y lo que gasta en esa contabilidad es su propia vida, que no vuelve. Hay un momento, si uno tiene suerte, en que se logra soltar la mano del otro. No es fácil, pero cuando ocurre, uno descubre que del otro lado no hay ningún abismo. Sólo uno, parado.
lunes, 28 de septiembre de 2026
SOLOS
Las estrellas que veíamos de chicos bien pondrían haber estado muertas. No lo sabíamos. La luz que nos hacía levantar la cabeza había salido siglos antes, de un lugar que para cuando nosotros nacimos quizás ya no existía. Uno se pasa la vida mirando otra cosa. Y lo que ve, casi siempre, es un pasado que llega tarde. La juventud prometía que amar alcanzaba. Después llega esta edad, que no es una corona: es un cuarto frío a las cuatro de la mañana, y uno entiende que las ilusiones no se cumplieron del todo. Se gastaron. Estamos solos. Siempre lo estuvimos. Las manos que estrechamos son hermosas, pero no son salvavidas. Son barcos que pasan. Y en esta soledad de ahora, cuando el tiempo se disuelve, no hay castigo. Hay una paz rara, de saber que nada es para siempre, y que por eso cada instante vale. El vacío no es el enemigo. Es el silencio después de la música. Escucharlo, por fin, sin miedo, es la última forma de estar vivo.
domingo, 27 de septiembre de 2026
GIRAR LA CABEZA
El búho está parado sobre un poste. No está cazando. Mira. Sostiene la noche entera con los ojos abiertos. No hay presa. No hay hambre. Hay una atención que no se explica por ningún provecho. Al lado, otro búho. Igual de quieto. Igual de atento. Ninguno de los dos vino a ganar nada. Y sin embargo, algo ocurre. No es un intercambio: los búhos no negocian. No es un acuerdo: no hay nada que acordar. Es apenas esto: dos criaturas que se dejan ver sin defenderse. Sin argumento. El búho no gira la cabeza para imponer su ángulo. La gira para perderlo. Y en ese perder, gana un mundo que no tenía. Un mundo que no era de él ni del otro. Un mundo que sólo existe cuando dos se miran sin querer tener razón. Al amanecer, los búhos cierran los ojos. Ya no importa quién vio qué. Lo que vieron, lo vieron juntos. Y eso, aunque dure un instante, es lo único que nunca se pierde del todo.
EN SERIE
A veces pienso en la primera vez que alguien dijo yo. Debe haber sido un ruido raro. Antes de eso, seguro, todos decían nosotros, o no decían nada. Después alguien señaló su pecho y dijo esa palabra, y desde entonces no paramos. Ahora nos juntamos a repetirla. Cada uno con su yo, como quien lleva una piedra en el bolsillo y la muestra. Yo soy esto. Yo soy aquello. Son piedras distintas, elegidas con cuidado, y las ponemos sobre la mesa para que se vean. Cuanto más rara la piedra, mejor. Cuanto más filosa, mejor. Pero ya no alcanza con mostrarla. Ahora hay que mejorarla. Pulirla un poco más cada día. Compararla con las otras. Ver quién tiene la piedra más grande. Nadie obliga a nadie, eso es lo peor. Nos obligamos solos. Y así, de tanto mostrarnos, de tanto competir por ser el más distinto, terminamos todos iguales: cansados, solos, mirando la piedra del otro. Es un trabajo sin descanso. No hay jefe. No hay reloj. Sólo esa voz adentro que dice podés un poco más. Y uno va. Hasta que un día la piedra pesa demasiado y ya no se acuerda por qué la eligió. Y sin embargo, cuando la reunión termina y guardamos las piedras, por un segundo, antes de irnos, todos somos lo mismo. Un montón de gente cansada, con las manos vacías, mirando la puerta. Ese segundo es lo único que vale la pena. Porque ahí, sin piedra, sin cartel, sin nada que mostrar, aparece lo que siempre fuimos. Y no hace falta decirlo ni señalar nada.
TIENE RAZÓN
La frase me quedó dando vueltas. La leí en algún lado, o me la dijo alguien, ya no importa. Decía que hay cosas que sólo se entienden cuando dejás de preguntar. Estoy sentado en esta playa de la costa atlántica, mirando ese movimiento que no se detiene, y pienso que tiene razón. Hay algo ahí afuera que fue palabra alguna vez y ahora es sólo ruido. Un idioma que supe de chico y fui olvidando sin darme cuenta. Las olas llegan, se retiran. No explican nada. Antes les pedía respuestas. Ahora las dejo hacer. Me paro, sacudo la arena y me voy. No porque haya entendido. Me voy porque ya no necesito entender.
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