domingo, 29 de marzo de 2026

ATRAPAR EL MAÑANA

     La primera mitad de la vida se pierde; no hay manera de evitarlo. La segunda, se pasa entera queriendo recuperarla. Pero el tiempo no es una cosa que se recoja del suelo. No vuelve. La melancolía no sirve para nada. No es una herramienta. Es apenas mirar hacia atrás y saber que ya es tarde. Pero tal vez su única virtud sea esa: no servir. Porque lo que sirve se gasta, y lo que no, permanece. Uno no debería querer que los minutos vuelvan. Debería mirar el minuto que está pasando y decirle: quedate. Pero no se queda. Nunca. La vida, entonces, no necesita ser recuperada. Ya está: en cada cosa que se hizo mal, en cada hora desperdiciada. El resultado de eso, de algún modo, es lo que uno es. Y acaso sea eso, justo eso, lo único que nunca se pierde del todo.




DOS MANERAS

     La luna tiene dos luces. Una es la que todos vemos. Baja por la noche y vuelve hermosas las cosas. La otra nace en medio del día, donde el sol se demora. No adorna: desnuda. Muestra la rama, la sombra. Con las dos nada se mueve. El mundo sigue donde estaba. Con una luz parece un sueño. Con la otra, el fondo. La música es igual. Tiene dos maneras. Una suena. Llena, se lleva aplausos, se acaba. La otra nunca empieza. Está antes. Es la música que pudo ser y no fue. Quedó en el silencio, esperando. No se escucha. Pero es la única que queda. Con esas dos cosas se puede vivir. Con la luna que desnuda y la música que calla. Lo demás es apenas un adorno.




sábado, 28 de marzo de 2026

LA PREGUNTA

     Se consiguió todo. Aquello que se creyó necesario para ser feliz fue llegando, uno tras otro, al lugar que le correspondía. Las ventanas, los días, las cosas. Todo en orden. Todo en su sitio. Ya está. Entonces el movimiento se detiene. Porque nada falta. Sólo resta, ahora, una cosa: comprobar si aquello que se persiguió era verdad, o si no era más que un modo de no detenerse. Se hace silencio.Se mira lo que se tiene. Y la respuesta llega con la sencillez de lo que no admite retorno: No era eso. No se quiso eso. Se quiso, tal vez, la paz de no tener que preguntarse. Pero ahora la pregunta está ahí, entre las cosas conseguidas, y ya no se la puede eludir. Ya está. Ahora comienza lo otro.




viernes, 27 de marzo de 2026

EMPUJAR EL CIELO

     Lo que desvía no es el dolor. Es la abundancia de cosas que no duelen. Te sentás a pensar y ya hay algo que pide atención. Después otro. Después otro. Ninguno es importante, pero todos exigen lo mismo: un pedazo de tu tiempo. Al final del día no hiciste lo que debías, pero tampoco podés decir en qué se te fue el tiempo. Esa es la trampa: no el fracaso, sino la dilución. Vos querías cambiar algo. Ese algo sigue ahí. No hace falta un método elegante. Se trata de distinguir una cosa entre cien y poner ahí la fuerza. El resto se deja caer. No se ignora por soberbia, sino por necesidad. Porque no alcanza la vida para todo, pero alcanza para una cosa, si a esa cosa le das todo. Llega un punto donde las dificultades parecen formar un solo bloque contra vos. Y lo forman. Pero no necesitás deshacerlo todo. Necesitás moverte. Un paso. Después otro. La cuestión es apartar o empujar el cielo. No sostenerlo. Apartarlo con los brazos, con la espalda, con lo que quede. Hasta dejar un sitio vacío donde hacer lo que decidiste hacer. Hacé eso. Dejá el resto donde está.




jueves, 26 de marzo de 2026

AMABLES DECEPCIONES

     La cortesía falsa no es una mentira. Es un modo de decir nada con un envoltorio impecable. El enemigo declara su intención. Eso duele, pero se sabe dónde está el daño. El otro, en cambio, dice “te quiero, amigo”, mientras quita. Dice “un abrazo”, mientras vacía. No miente: oculta. La honestidad brutal dice “esto no me gusta”. La frase no es hermosa, pero es clara. Y la claridad permite defenderse. El deseo se oculta siempre en lo que no se dice. La hipocresía no es una mentira: es un vacío. El hipócrita no dice lo contrario, dice nada, pero con tal gentileza que el otro acepta esa nada como un gesto valioso. Por eso los enemigos no destruyen. Los enemigos hieren, y la herida cicatriza. Los que destruyen son los que se sientan a la mesa con una sonrisa y, mientras te miran con afecto, te sacan, de a uno, los pedazos que te sostienen. Cuando alguien sea excesivamente amable, desconfiá. Cuando alguien te hable con una claridad que parezca grosera, agradecé. Porque la honestidad brutal no es violencia: es la única forma de no confundir la compañía con una condena.




miércoles, 25 de marzo de 2026

NADA QUE HACER

     Hay un momento en que uno deja de hacer. No es una decisión. Es una fatiga que no viene del cuerpo: viene de lo que uno hace. Un día, en medio de la tarde, uno está sentado. Y de pronto ya no hay nada que hacer. No es que falten tareas: es que el sentido se ha ido. Entonces uno mira lo que hizo. No lo del día: lo de los años. Y ve una cadena perfecta. Metas cumplidas. Proyectos terminados. Ascensos. Logros. La máquina de la eficiencia funcionando sin fallas. Pero la cadena no lleva a ningún lado. Cada eslabón sostiene al siguiente, y eso es todo. No hay un final. No hay un lugar donde decir hasta aquí. La trampa no era el fracaso. La trampa era el éxito. Porque el éxito no libera: exige más. No hay descanso que no sea, ya, una inversión para el próximo logro. Esa tarde, en la quietud, algo se desprende: detrás del hacer no hay nada. El progreso era un cuento. Los sueños eran objetivos con otro nombre. Y la mayoría de las cosas que uno hace, las hace para alimentar esa maquinaria que prometía llevarlo a algún lugar pero sólo lo mantenía en movimiento. Entonces entiende. El gesto verdadero es aquel que no espera retorno. Hacer por hacer. Como quien pasa la escoba sobre un piso que ya está limpio: la utilidad no importa, sólo el movimiento. Un encargo sin encargo. Un salario que uno mismo se paga para ejecutar lo que otros -cada cual con su oficio, sus exigencias mínimas- le señalan. Pero sin que ninguna de esas cosas merezca llamarse proyecto. Así, una después de otra. Con la indiferencia cortés de quien entrega un paquete y se retira. Y allí ocurre lo inesperado: cuando la desdicha no halla a quién dañar, cuando registra que no hay deseo al que aferrarse, entonces se aburre, se retira, deja de insistir. Es el único golpe que no sabe devolver. Más seguro que cualquier amuleto. 





EL UMBRAL

     Hay una tristeza más grande que la de los sueños que no se cumplen: aquella en la que se pierden las ganas de soñarlos. Mi gato duerme en el respaldo del sillón. Cuando le pregunto qué hace allí, abre un ojo y me mira como si la pregunta fuese un error. Después vuelve a cerrarlo. Eso es todo. No guarda ningún sueño, ninguna ansiedad de futuro. Los humanos solemos confundir querer con tener. Por eso, cuando se va lo que teníamos, creemos que se ha llevado también el deseo. Mi gato me muestra otra cosa: cuando busca el calor, lo encuentra. No se acaba porque algo se pierda; se acaba cuando uno olvida que desear es mantenerse abierto. A veces lo veo estirar una pata hacia el rayo de luz. No intenta atraparlo. Apoya la almohadilla en ese lugar tibio y se queda así. Esa manera de estar me parece, a veces, más cierta que cualquier ambición. No conoce la pena de lo que pudo ser y no fue, no porque haya resuelto nada, sino porque nunca se aleja del lugar donde las cosas pasan. Tal vez la única virtud que importa sea saber que soñar no es tener un sueño, sino conservar las ganas de estar en el umbral. Mi gato lo hace sin esfuerzo: se sienta en el marco de la ventana y mira hacia afuera. Sin apuro. Pero sin rendirse.




martes, 24 de marzo de 2026

NADIE SALE

     Vivimos tiempos extraños: nos inducen a actuar como si fuéramos libres. La libertad ya no es un derecho que se defiende. Es una tarea que se cumple. Cada uno es su propio gerente, su propio inspector, su propio verdugo amable. No hay afuera. Todo es posible, y esa es la condena. El exceso de opciones no amplía el mundo: lo adelgaza. Porque elegir algo se ha vuelto rechazar todo lo demás, y ese rechazo pesa. Entonces preferimos no detenernos. Seguir. Producir. Publicar. Ser. La quietud es la única falta grave. Pero en esa carrera no hay cansancio que alcance. El cansancio sería un límite, y los límites se han vuelto imperdonables. Así que se corre hasta que el movimiento se confunde con la vida. Y al final uno ya no sabe si actúa por deseo o por el miedo a quedarse atrás. Lo curioso es que nunca hubo tanto control disfrazado de entusiasmo. Nunca se nos pidió tan poco obedecer y tanto aplaudir nuestra propia sumisión. La jaula está abierta. Pero adentro hay Wi-Fi, y música, y un futuro que promete más. Por eso nadie sale. Afuera, en cambio, hay sólo una cosa: decir que no sin tener que justificarlo.




lunes, 23 de marzo de 2026

BUENAS INTENCIONES

     Hay personas que son una contradicción andando. Van por la vida con un gesto que parece rechazo, con palabras que hieren sin querer, con un humor que anticipa tormenta. Y uno las mira y piensa: qué difícil. Pero lo que muestran no siempre es lo que son. No todos, claro. Algunos son exactamente lo que aparentan. Pero hay otros en quienes la irritación es una forma torpe de la ternura, y el malhumor, un modo desprolijo de proteger algo frágil. Detrás de cada acto que sale mal hay una intención que nunca fue mala. Quisieron cuidar y apretaron. Quisieron acercarse y empujaron. Ellos piden, sin decirlo, que no se los juzgue por ese minuto fallido. Porque un mal rato no es una vida entera. Una frase dicha con bronca no cancela años de intentos por ser mejores. Juzgar a alguien por su peor momento es como quedarse con la tapa de un libro y darlo por leído. La empatía es más que ponerse en el lugar del otro. Es entender que ciertas personas son una batalla entre lo que intentan ser y la torpeza con que lo ejecutan. Juzgarlas sólo por la ejecución es no haber entendido nada. Al final, lo que parece filo es, casi siempre, una herida que todavía no encontró su nombre.




ESO QUE ILUMINA

     Hay quienes andan con una cámara. Un tercero que los observa podría pensar que no hacen gran cosa: miran, se agachan, esperan. Pero lo que hacen es negarse a aceptar que lo real, tal cual se ofrece, baste. Ven una calle, una mesa, la luz de la tarde. Sienten esa pequeña incomodidad que otros ya no sienten: aquello está incompleto. Entonces levantan la cámara, recortan un fragmento, y dicen: esto. Quien los mira entiende entonces que la belleza, cuando viene, casi siempre tiene formas simples. Una sombra que dobla una esquina. El modo en que la luz aplasta los cuerpos contra el suelo. Ellos enseñan a mirar esas pequeñas victorias, y al hacerlo las vuelven imprescindibles. Porque después de ver lo que ellos detuvieron, la mirada se vuelve exigente: busca en cada cosa ese orden que alguien supo detener. Al final, quien los observa sabe que todo se trata de saber ver. Ellos toman a otros de la nuca, los inclinan hacia el mundo, y les dicen: mirá. Y cuando otros miran, la realidad deja de doler. Por eso importan: porque sin ellos nadie sabría que lo real, tal cual se ofrece, no basta.




sábado, 21 de marzo de 2026

ESTRUCTURAS

     La frase es mentira. O, mejor: es verdad a medias, que es la peor clase de verdad. Porque uno no da lo que tiene. Uno da cómo tiene. Y recibe cómo puede. Hay quienes tienen el interior como una caja fuerte: todo allí está contado, pesado, cerrado. Dan con cuentagotas. Reciben con alarma. No es mezquindad: es forma. Su corazón es un músculo que sabe de límites. Otros tienen el interior como una pieza sin paredes. Dan porque no saben retener. Reciben porque no saben protegerse. No es generosidad: es falta de arquitectura. Su corazón es un músculo que aprendió a desbordarse antes que a latir. El problema es que nunca coinciden. El que tiene caja fuerte cree que el otro exagera. El que tiene pieza sin paredes cree que el otro no ama. Y los dos tienen razón. El desenlace, siempre, es el mismo: cada uno se va con lo que trajo. Sólo que más cansado.




jueves, 19 de marzo de 2026

EL UMBRAL

     Aprender a dejar atrás. No es algo que se enseñe. Se aprende solo, con los años. Uno guarda cosas. Las guarda porque cree que allí, en esas cosas, está lo que fue. Las manos duelen. Los recuerdos pesan. Y así camina uno, con los brazos cansados de sostener lo que ya no es. Pero llega un día. Un día cualquiera. Y uno, simplemente, abre la mano. Porque puede. Aquel beso. El banco de aquella plaza. El sol de la tarde. Todo eso fue. Fue verdad. Pero la verdad no exige que uno se quede. La belleza, tampoco. Uno mira atrás y ve a ese muchacho. Ese de las primeras veces. Ese que creía que todo volvía, que todos sentían lo mismo. Y descubre que no. Incluso ese muchacho, ya no está. Es otro el que mira. No hay enseñanza en esto. No hay heroísmo. Hay apenas una verdad: soltar lo que se tuvo, para tener lo que se es ahora. Uno cierra etapas como quien cierra una puerta. Sin mirar hacia atrás. Porque lo que importa ya no está ahí. Está adelante. En lo que viene. En lo que se es ahora. Ahora soy el que vino después.




miércoles, 18 de marzo de 2026

PARA PODER VOLVER

     Hay una forma de vivir sin pasado. Como si cada mañana el mundo se inventara de nuevo. Hay quienes creen que eso es la felicidad. Pero después ves las manos de una mujer que envejece, y en esas manos está todo lo que ella ha tocado. Ves un árbol torcido y entendés que ahí, en esa forma, está escrita la historia del viento. Entonces te das cuenta: no se trata de olvidar. Se trata de aprender a llevar las cosas para que no pesen. De entender que las marcas no te quitan belleza: te la dan. Te dan forma. Por eso recordamos. Para poder volver, de vez en cuando, a los lugares donde fuimos felices.




martes, 17 de marzo de 2026

EL BORDE DE LAS COSAS SIMPLES

     Aprendió en la calle. No había otra. Un hombre que lloraba. Gente que corría sin que nadie los persiga. Después llegó el éxito. Le dijo: vas a ser otro. Él quiso. Se puso frente a las luces. La gente lo miró. Por un tiempo bastó. Una noche volvía solo. Vio a un viejo en un banco, comiendo algo envuelto en papel de diario. No quería ser visto. Sólo estaba. Y él sintió algo. Como si todo lo que había construido fuera una casa de cartón. La lluvia la iba a deshacer. En una esquina compró una focaccia. Estaba tibia. La mordió ahí, parado, mientras unos pibes pasaban en bicicleta. No pasaba nada. El pan tenía gusto a pan. Pensó que tal vez la vida era eso: un pan tibio y una vereda. Nada más. Pero todo. Mordió otra vez. Y en la miga caliente entendió que hay que ser fuerte para quedarse en el borde de las cosas simples.




lunes, 16 de marzo de 2026

¿Y YO?

     Cuando éramos chicos, nuestra madre nos miraba. Y en esa mirada había un deseo. Nosotros, sin saberlo, lo hacíamos nuestro. Hacíamos lo que ella quería, porque queríamos su amor. Y ella lo mejor para nosotros. Parecía simple. Pero nunca alcanzaba. Siempre había algo más. Otra cosa por hacer. Otra manera de ser. Y así, sin darnos cuenta, dejamos de preguntarnos qué queríamos nosotros. Después uno crece y se olvida. Pero el mecanismo sigue. Con la pareja, con los amigos, con el jefe. Toda la vida tratando de adivinar el deseo del otro para convertirlo en el propio. Hasta que un día, en un momento cualquiera, uno podría decidir otra cosa. Sentarse y preguntar: ¿y yo? No para tener la respuesta enseguida. Sólo para empezar a buscar. Y ahí, entre el deseo de los otros, aparece el propio. Como una luz que no pide permiso.




domingo, 15 de marzo de 2026

POP ÍNTIMO

     Hubo un tiempo en que ser auténtico era natural como respirar. Uno se levantaba y, sin esfuerzo, encontraba el gesto justo, la palabra precisa. La rebeldía era, simplemente, existir con una música propia. Esa época terminó: algo se apagó en la mirada de todos. Hoy todo es veloz, todo debe mostrarse. Confundimos transparencia con honestidad y así, de tanto exhibir lo que debería guardarse, nos quedamos vacíos. Perdimos la paciencia, la demora, todo aquello que no se puede compartir. Por eso hay una melancolía nueva: la de llegar tarde a un mundo donde todavía era posible tener un adentro. Es difícil construir algo propio cuando todo nos empuja a mirar hacia afuera. Pero quizás ahí empiece lo único que no se pierde. Cuando las grandes causas se desvanecen, uno vuelve a lo simple: a su propia respiración, a la forma en que sus manos escogen un objeto. Eso no puede mostrarse. Esa fidelidad a un gusto, a un silencio, es el último lugar. Nunca hubo una época para ser auténtico. Siempre fue, y será, una cuestión personal. Una música que uno elige escuchar aunque nadie más la baile.




LO QUE NO SE VE

     Un hombre cruza la calle. Lleva las manos en los bolsillos y camina como si ya supiera adónde va. En la esquina, una mujer espera el colectivo. No se miran. No se conocen. No tienen por qué. Llega el colectivo. Suben. Ella mira por la ventanilla. Él busca algo en su teléfono. Cualquiera que los viera diría: son personas comunes. Y tendría razón. Pero si uno pudiera verlos por dentro, si existiera una manera de mirar adentro, vería algo que no se ve desde afuera. Vería que ese hombre, a veces, es el que no se anima; y otras, el que se anima. Vería que esa mujer, a veces, es la que quiere que la miren; y otras, la que quiere pasar desapercibida. El colectivo frena. Alguien se baja. Alguien sube. El hombre se baja veinte minutos después. Camina hacia su casa. Antes de entrar, se queda un momento en la puerta. Adentro hay alguien que lo espera. Esta noche, sin que él lo sepa, esa persona va a necesitar que él sea el que cuida. Y él lo será. La mujer sigue en el colectivo. Todavía le quedan varias paradas. En algún momento, se bajará, caminará dos cuadras, abrirá una puerta. Adentro hay una mesa puesta. Ella se sienta. Alguien pregunta cómo fue el día. Ella dice que bien. Y así pasan las cosas. Todos somos el que tiene miedo. Todos somos el que se anima. Todos somos el que cuida. Todos somos el que necesita que lo cuiden. Depende del momento, de quién tenemos al lado, del día. El hombre ya entró en su casa. La mujer ya llegó a la suya. La ciudad sigue. Mañana será otro día. Serán otras versiones. Pero ahora, en este momento, son los que están siendo. Uno solo y todos a la vez.




viernes, 13 de marzo de 2026

EL RUIDO DEL SILENCIO

     Todas las noches, lo mismo. La mujer pone la mesa para dos. Los platos, los cubiertos, las servilletas. Luego se sienta y espera. El otro lugar está vacío. Vacío desde hace años. Y sin embargo, ella pone la mesa igual. Afuera, en la calle, hay un hombre que mira. La ve, noche tras noche, colocar ese plato que nadie usará. Podría tocar el timbre, podría pedir. Pero no pide. Apoya la espalda en el poste. La noche pasa. Ninguno de los dos hace nada. Ella no deja de poner el plato. Él no deja de mirar. Hasta que una noche, ella mira hacia la ventana. Ve la silueta. No se levanta. No abre la puerta. Pero no aparta la mirada. Y entonces ocurre: el plato vacío y el hombre de la calle. Uno dentro, otro fuera. Entre ellos, sólo el vidrio. Ella nunca deja de poner la mesa. Pero a veces piensa en ese plato vacío. Y en que quizás, desde la calle, parece un plato lleno.




jueves, 12 de marzo de 2026

ADENTRO

     Afuera pasan cosas. Adentro, no. Adentro está la luz que entra por la ventana y se detiene un rato en el piso. Nada más. Uno está ahí, acariciado por la luz, en silencio. No espera nada. No piensa nada. Solo está. A veces la vida es eso. Estar. Sin hacer, sin buscar. Dejar que las cosas lleguen solas, si es que tienen que llegar. Y a veces llegan. Algo pequeño, simple. El modo en que la luz nos abriga, un aroma que viene de la calle, el ruido de alguien que pasa. Cosas que no piden nada, que sólo están. Uno las mira. Después se van. Y uno sigue. Pero por un segundo, sin que pase nada especial, todo está bien. No porque algo haya salido bien. No porque algo haya salido mal. Sólo porque eso que llegó, llegó justo a tiempo. Uno no sonríe hacia afuera. Sonríe hacia adentro. Una sonrisa pequeña, callada, que no se nota. Después la luz se va, el aroma se pierde, el ruido se apaga. Y uno sigue. Pero distinto. Aunque no se note.





miércoles, 11 de marzo de 2026

LA TABLA

     A veces uno se agarra a una tabla. No porque quiera. Sino porque el agua está fría y el horizonte se desdibuja, allá lejos. Y uno flota así. Y cree, con toda el alma, que esa tabla lo salvará para siempre. Pero llega la realidad. Y viene con olas. Y la tabla se parte. O se la lleva la corriente. Y entonces uno vuelve a quedar en el agua, solo, pataleando. En ese momento dan ganas de maldecir a la realidad. De gritarle que no tenía derecho. Pero la realidad es la que está. La que siempre ha estado. La que nunca prometió ser un puerto. Nosotros necesitamos esas tablas porque solos no podemos. Porque el agua es honda. Porque da miedo. Las aferramos con fuerza. Apostamos a que nos sostendrán. Cerramos los ojos y confiamos. Esa es la jugada: entregarse a algo que parece firme, aunque sea pequeño, aunque flote apenas. Por eso, cuando la tabla se rompe, no hay que maldecirla. Hay que agradecerle el rato que nos tuvo a flote. Y después, sí, soltar los pedazos. Dejarse llevar un rato. Y buscar otra tabla. Más pequeña. Más simple. Sin rencor. Porque la realidad, al final, es la única que te deja las cosas claras. Recién lavadas. Y te da la oportunidad de volver a flotar. Otra vez. Con menos miedo. Con los ojos abiertos. Así, nomás. Como viene.





martes, 10 de marzo de 2026

LA TREGUA

     A veces uno se sienta con un papel y un lápiz, y quiere entender. Piensa que si ordena bien las ideas, va a encontrar una respuesta. Y escribe. Hace listas. Busca motivos. Construye frases que expliquen por qué duele, por qué no, por qué sí. Pero llega un momento en que eso no alcanza. Algo se despierta en el pecho. Una presión. Un calor. Algo que no se deja escribir. El pensamiento empieza a dar vueltas alrededor, como un perro que no encuentra la puerta. Quiere ordenar lo que no tiene orden. Quiere ponerle nombre a lo que no responde. Entonces uno se cansa. Mira el papel lleno de palabras y de pronto no entiende nada. Todo ese esfuerzo por atrapar el mundo en una red de razones no sirvió para nada. El nudo en el pecho sigue ahí. La razón es útil para muchas cosas. Para vivir, no tanto. En la oscuridad de la pieza, solo. Sin lápiz. Sin papel. Ahí se entiende que hay cosas que simplemente están. Y que lo único que importa, a veces, es dejarlas estar. Respirar hondo. Sentir el peso del cuerpo contra la cama. A la mañana siguiente, el nudo quizá sigue. Pero ya no duele igual. Porque uno dejó de pensar en él. Uno lo aceptó. Y esa aceptación, esa pequeña rendición, es lo más parecido a la paz que vamos a conocer. Después de todo, el mundo no se entiende. Se habita. Y habitar es simplemente eso: estar. Sin explicaciones. Con el pecho apretado, con miedo, con todo. Pero estar. Ahí nomás. En lo que hay. En lo que duele y en lo que no. En lo que no tiene nombre y, sin embargo, pesa.




lunes, 9 de marzo de 2026

AIRE FRESCO

     Ciertas mañanas el mundo amanece ligeramente descentrado. No se nota a simple vista, pero se siente en los huesos: todo está donde siempre estuvo, sólo que ya no es tu lugar. Uno ha construido con cuidado. Una vida ordenada, afectos previsibles, un futuro dibujado con líneas firmes. Y luego, sin aviso, las líneas empiezan a temblar. No porque algo vaya mal, sino porque lo que iba bien ya no dice nada. Las cosas que no dijiste vuelven a hacer ruido. Los caminos que no tomaste crecen como yuyos entre las fisuras de lo que construiste, y uno se pregunta si será por esos movimientos que miran los que creen en las estrellas. No sé si la gente mira eso. Pero algo se mueve, eso seguro. Hay una violencia silenciosa en mirar atrás y no reconocerse. En encontrar, entre los papeles guardados, un deseo escrito de puño y letra que ya no recordás haber tenido. Uno se pasa años intentando hacer una pieza perfecta, sin entender que la fisura es lo único que no miente. Entonces, en algún momento, algo se afloja. Bajás la guardia. Dejás de querer entenderlo todo. Y ocurre algo extraño: justo ahí, en esa rendija, aparece una claridad pequeña y pobre, pero tuya. No hay respuestas grandes. No hay finales que curen nada. Sólo la luz de una lámpara encendida a destiempo, un papel doblado en un cajón, la mano que empuja la ventana, el aire que entra, la respiración. Y descubrís que empezar de nuevo no es recomenzar. Es aceptar, por fin, que nunca hubo un orden que valiera la pena. La respiración, el momento en que abrís la ventana, el mundo que entra y te encuentra despierto. Eso es todo. La ventana abierta, el aire, la respiración.




domingo, 8 de marzo de 2026

LO QUE QUEDA

     Es fácil amar lo que se ve. Una cara, un cuerpo, la luz de una tarde. Entra por los ojos y uno cree que se queda. Pero no. Todo eso se va. No hay manera de retenerlo. Hay otra forma. Se puede aprender a mirar lo que no tiene forma. El modo de ser de una persona. Eso que lleva dentro y que nunca se muestra del todo. Eso no se va. Eso queda. Porque nunca dependió del tiempo. Con los años se entiende: las cosas que valen no se tocan. Y sin embargo son las únicas que, cuando todo pasa, siguen estando. Quien puso los ojos solamente en lo que brilla, cuando llegue la noche se quedará a oscuras. Quien quiso sólo la copa -esa copa tallada que estaba siempre en la mesa-, cuando la copa se rompa se quedará con las manos vacías. Pero quien aprendió a querer lo que no tiene forma, lo que no pesa, lo que no se ve, ése descubrirá que lo que ama no puede romperse ni apagarse. Cuando todo lo demás termina, eso que amó empieza a estar con él de otra manera. Y descubre entonces que el para siempre no es algo que empieza después, sino algo que ya estaba.




sábado, 7 de marzo de 2026

VIDRIERAS

     La gente elige una cara cada día. Se levantan, se miran al espejo y eligen. Un trabajo que empieza temprano y no termina nunca. Las toman de acá y de allá. Roban una sonrisa que vieron, una mirada que les gustó, un gesto que funciona. Las prueban. Las usan. Con los años, ya no saben cuál era la de ellos. Si es que alguna vez tuvieron una. Van por la calle con esa cara puesta. En las vidrieras se miran, pero no se miran a ellos: miran la cara, para ver si está bien, si aguanta un día más. A veces, un descuido. Alguien espera y, por un momento, se olvida. La cara se corre un segundo y se ve otra cosa. Algo simple. Algo que no se puede comprar. Pero dura poco. En seguida la acomodan y siguen. La gente le tiene miedo a eso: a lo simple. Por eso eligen caras todos los días. Prefieren el trabajo de fingir antes que quedarse con lo que tienen. Pasan los años. Las caras se gastan. Pero las siguen usando. Ya no sabrían quiénes son sin ellas. Uno piensa que la verdad es esa: la gente prefiere una buena mentira antes que una verdad que no sabe llevar. Después, uno se va a dormir. Antes de apagar la luz, se mira al espejo. Y ve una cara. Una sola. Y piensa si sacársela. Pero no. Mejor dejarla. Mañana hay que salir.




viernes, 6 de marzo de 2026

CUIDAR EL FUEGO

    Con los años aprendí que hay que guardarse ciertas cosas. No por desconfianza. Sino porque hay cosas que llevamos dentro que son como semillas. Los sueños, por ejemplo. O esas palabras que nos decimos a nosotros mismos cuando estamos solos. Si las compartís con cualquiera, se pierden. La gente no siempre sabe qué hacer con ellas. Las dejan caer. Antes contaba todo a casi todos. Hasta que entendí que no todo el mundo tiene un jardín para lo que sembrás. Ahora pienso dos veces antes de regalar una palabra. Las sonrisas verdaderas las cuido como quien cuida el fuego. Porque uno no es un pozo infinito. Somos agua que no vuelve. Y si la das cuando no toca, luego no tenés para cuando de verdad hace falta. Pero tampoco se trata de esconderse. Al final entendí esto: guardás lo que guardás no por tacaño, sino por respeto a lo que llevás dentro. Y así, cuando llega alguien que de verdad merece recibir, entonces sí. Entonces das. Y todo lo que das, vuelve. Como si siempre hubiera estado esperando ese momento. No es fácil. A veces me equivoco. Pero aprendí que hay silencios que cuidan y palabras que esperan su momento. Y que el mejor regalo no es el que das a todos, sino el que das cuando sabés que será recibido como lo que es: un pedazo tuyo.

.


jueves, 5 de marzo de 2026

LA MEDIDA

     Lo que sube muy alto, siempre baja. Lo que pesa mucho, se hunde. Lo que brilla muy fuerte, ciega. Hay cosas que llevan en sí mismas el momento en que dejarán de ser. Uno las mira y parece que van a durar siempre, pero ya están yéndose, ya se están rompiendo desde adentro. Es una ley que no está escrita en ningún lado, pero se ve en todas partes. Una cuerda muy tensa, un día se corta. Una rama muy cargada, se quiebra. Una voz que no calla nunca, termina siendo nada. Hasta los que mandan sobre otros, hasta ellos, un día mandan sobre el vacío. Los que saben, saben esto. No se estiran. No se cargan. No se encienden. Se quedan en lo justo, en lo que pesa lo que tiene que pesar. No porque tengan miedo, sino porque vieron demasiadas cosas rotas. Porque entendieron que lo que parece mucho, al final, siempre es menos. Todo lo que nace, nace de lo que estuvo antes y era distinto. Lo que parece fuerte, vino de lo frágil. Lo que se ve, vino de lo oscuro. Lo que hoy es, viene de lo que ya no es. Y los que saben, saben eso. Saben que no hay que llegar sin haber partido. Saben que el principio está en el final y el final en el principio. Por eso no se aferran. Dejan ir. Dejan ser. Dejan que las cosas tengan el tamaño que tienen. Y cuando los ruidos pasan, cuando los que corren se cansan, cuando los que brillan se apagan, ellos siguen ahí. No porque sean especiales. Sino porque nunca quisieron serlo. Porque entendieron que lo único que queda es lo que no quiso irse. Eso que no pesa. Y lo sostiene todo.




 

miércoles, 4 de marzo de 2026

GRIETAS

     Los que no piensan, no están. Uno se los cruza en la calle, tienen nombre, oficio, pero no hay nadie. Hablan, y de su boca no sale nada: son cajas huecas, de esas que hacen ruido al moverse pero no contienen. Luego están los que llenaron la cabeza de cosas que no les pertenecen. Gente que aprendió el mapa de memoria y confundió el mapa con el territorio. Citan, repiten, asienten. Buscan la confirmación. Si rascás un poco, no encontrás tierra: sólo más papel. Con ellos tampoco hay encuentro. Y existen los que miran todo desde una distancia segura: ven el incendio y comentan la temperatura. Poseen una opinión para cada cosa, y ninguna herida. Con esos es mejor no empezar. Los otros, los que importan, piensan. Son los que sostienen una idea como quien sostiene un vaso de agua en medio del temblor. Puede caerse, puede romperse, pero mientras tanto ahí está, temblando. No son muchos. Pero cuando aparecen, no hace falta hablar de todo: basta con hablar de algo. De cualquier cosa. Porque hablan con lo que son. En ellos habita la negatividad: la duda, la búsqueda, el no-saber. No son superficies pulidas donde todo resbala; tienen grietas, demoran, sostienen la mirada. Con ellos se puede todo: estar en silencio, discutir, callar y seguir conversando. No intercambian información: reciben. Y entonces, de pronto, ya no hace falta explicar nada. Ahí está todo. Los demás -los huecos, los repetidores, los que habitan la transparencia alegre de quien nunca pagó el precio de pensar- que sigan su camino. Uno tiene poco tiempo. Mejor guardarlo para los que están despiertos. Para los que piensan. Para esos que saben que el pensamiento no es un contenido, sino un temblor. Y que el único lugar donde el mundo no termina, es ahí.




martes, 3 de marzo de 2026

SER ALGUIEN MÁS

     El rostro es lo único que uno no puede verse a sí mismo. Lo llevamos toda la vida, pero nunca lo conocemos de verdad. Por eso existen los demás: para que podamos mirarnos en ellos. Cuando alguien nos mira, existimos de una manera que no podemos construir solos. Esa mirada nos completa, nos da una forma que el espejo jamás alcanza. Porque el espejo sólo devuelve lo que ponemos. El otro, en cambio, nos devuelve lo que somos sin saberlo. Por eso necesitamos vivir entre personas. Uno se completa en ellas. Lo que creemos ser en soledad no es más que un borrador. Lo verdadero ocurre después, cuando salimos al mundo. No se es antes de ser visto. Se es mientras sucede algo con otro. Así que no insistas con el espejo. Buscá el borde de una mesa donde alguien apoya los brazos, el respaldo de una silla donde otro deja la espalda después de un día difícil. Ahí, sin que lo notes, tu verdadero rostro estará formándose. Porque el espejo es quieto, pero la vida es movimiento. Y sólo en ese ir y venir, en el roce con otras miradas, nos volvemos reales.




lunes, 2 de marzo de 2026

AUTOSUFICIENCIA

     El camino no se encuentra. Se hace. Paso a paso. Y duele. Hubo un tiempo en que buscabas un mapa. Creciste esperando que alguien te lo diera. Pero una mañana miraste el que tenías y te diste cuenta que se terminaba antes de llegar. Sólo un espacio en blanco. Levantaste la vista y caminaste hacia ahí. La autosuficiencia es eso. Despertar y prepararte el mate. Pagar tus cuentas y saber que es el precio de tu libertad. Cosas simples de todos los días. La identidad no viene en un manual. Es un traje que te cosés con hilos que encontrás: un libro, una conversación, algunas noches sin dormir. A veces no lo entienden. No importa. Te lo ponés y caminás. La soledad al principio pesa. Cenar solo. El teléfono callado. Pero con el tiempo aprendés que ese plato es el tuyo. Ese silencio es tuyo. Y alcanza. Hacer tu camino es dejar un trabajo sin saber qué viene. Mudarte a una ciudad donde no conocés a nadie. Empezar algo que sólo vos entendés. Poner un pie y después el otro sin saber si el piso aguanta. A veces tiembla. A veces el miedo se sienta al lado tuyo. Pero una mañana te levantás y seguís. La incertidumbre es el paisaje. Aceptarla no es rendirse. Es como manejar de noche: no ves el final, pero ves lo suficiente para la próxima curva. El camino aparece. Van a venir días con ganas de volver atrás. Si aguantás, llegan otros. Días en que todo tiene sentido. Días en que pensás: esto es mío. Un día vas a mirar atrás. Vas a ver un camino torcido. Decisiones que nadie entendería. Mudanzas. Gente que dejaste ir. Proyectos que empezaste solo. Ese camino es tuyo. Nadie podría repetirlo. Y entonces entendés que no era llegar. Era haber ido. Haber puesto un pie detrás del otro hasta dejar una huella en el mundo. Simple. Tuya. Y te va a parecer bien. Nada más. Eso es todo.




domingo, 1 de marzo de 2026

LA HERIDA PUESTA

     Te dijeron que no lloraras. Era una linda regla, como esas que enseñan en las escuelas. Pero el mundo de los grandes no es un lugar donde se llore menos. Es un lugar donde las lágrimas no sirven, que es otra cosa. Aprendés que la gente buena hace cosas malas. Que las promesas se las lleva el viento. Que no hay monstruos debajo de la cama, sino personas, a tu lado, que callan cosas importantes. La infancia te enseña un mundo de reglas claras: esto sí, esto no. La vida de verdad es una mancha que cruza la raya sin pedir permiso. Yo pensaba que crecer era volverse fuerte. Y no. Es aprender a llevar una herida sin que se infecte. Es mirar atrás y ver al nene que fuiste, ese que creía, y sentir ternura por su fe ciega. Un día entendés que llorar no es de débiles, sino de vivos. Que la única manera de seguir no es curarse, sino andar con la herida puesta. Que la belleza no está en las cosas perfectas, sino en esas que tienen una grieta, por donde entra la luz. Y descubrís que no hay sonido más limpio que el de tus propios pasos cuando decidís seguir. Aunque te hayan dicho que no llores. Porque al final crecer es eso: dejar de buscar un lugar donde encajar y aceptar que el único lugar que existe es el que ocupás vos, con tu peso, con tus ganas. Y descubrir que ese lugar es tuyo. Y vale la pena. Y entonces, a veces, llorás. Pero ya no importa. Como tampoco importan ya los Reyes Magos, salvo por la ternura de aquel que un día creyó.




ATRAPAR EL MAÑANA

      La primera mitad de la vida se pierde; no hay manera de evitarlo. La segunda, se pasa entera queriendo recuperarla. Pero el tiempo no ...