La idolatría se introduce en la mente como una sombra suave, un inicio que empieza con una idea, con una convicción vestida de verdad absoluta. Sin que lo notemos, esa idea se transforma en una corriente que nos arrastra, llevándonos lejos de la realidad. "Libertad es la capacidad de afirmar que dos más dos son cuatro. Si se concede eso, todo lo demás vendrá por sus pasos contados", escribió George Orwell. Pero la idolatría nos empuja en dirección opuesta, hacia la pérdida de nuestra libertad y razón. La fe se transforma en fanatismo, y el fanatismo se convierte en ceguera. La gente deja de pensar por sí misma, de cuestionar, de buscar. Se torna en un mar de seguidores ciegos, dispuestos a acatar cualquier orden. La razón y la libertad se convierten en tabúes, mientras que la crítica y la duda son acalladas. La ciudad se convierte en un espacio de oscuridad y miedo, donde la verdad es lo que decreta el líder, el profeta, el falso dios. Sin embargo, hay algo aún más insidioso que la idolatría misma: esa capacidad que tiene para hacernos sentir vivos, para otorgarnos un sentido de pertenencia y propósito. Es una droga que nos da bienestar, pero que nos consume lentamente, nos despoja de nuestra humanidad. La idolatría es una enfermedad que nos roba la capacidad de pensar, sentir y ser. Y es una enfermedad que sólo podemos curar si nos atrevemos a mirar hacia adentro, a cuestionar nuestras propias creencias y convicciones. Sólo así comenzaremos a sanar y a recuperar nuestra esencia.
sábado, 1 de febrero de 2025
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