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jueves, 23 de octubre de 2025

ESPEJOS

     Un hombre cualquiera abrió un blog. Le puso Espejos. No era escritor. Escribía. A la noche, a veces. O un domingo a la mañana. Cosas simples. Lo que veía por la ventana. Un recuerdo de la infancia. Una frase que se le cruzó. Pasó casi un año. Ningún seguidor. Al principio, chequeaba las estadísticas. Ese cero no cambiaba. Se preguntó si estaba haciendo algo mal. Con el tiempo, dejó de mirar. Sin darse cuenta, algo cambió. Ya no escribía para llenar un vacío. Escribía porque sí. Como se riega una planta. O se ordena un cajón. El acto, sólo el acto. La mano, el teclado, las palabras que aparecen en la pantalla. Nada más. Sin la sombra del juicio, las palabras se volvieron más verdaderas. Más suyas. No grandes verdades, sino pequeñas certezas: el sabor del café, el peso del silencio, la luz de una tarde cualquiera. Dejó de ser alguien que escribe para ser alguien que, simplemente, está. Encontró, sin buscarlo, un lugar donde no había que demostrar nada. Donde él era suficiente. Espejos, al final, no era para ser mirado. Era para mirarse. Y en ese simple reflejo, sin adornos, se encontró a sí mismo. Entero.




domingo, 22 de junio de 2025

"ESPEJOS"

     Escribir en un blog llamado "Espejos". No hay motivo. Sólo el acto, la costumbre, la necesidad de arrojar palabras al vacío antes de que ocupen demasiado lugar. El blog no espera lectores. No los busca. Las entradas se acumulan como objetos sin valor dejados en un cajón: inútiles, innecesarias, pero imposibles de tirar. A veces, alguien pasa, lee, se va. Otras veces, nadie. Da igual. Lo importante es que las palabras estén ahí, testigos mudos de algo que, de otro modo, se perdería. Alguna vez, un mensaje llega desde el otro lado de la pantalla. Nada más. No hay respuesta posible. El blog no es un diálogo. Es un espejo: refleja, pero no devuelve. Seguir escribiendo, entonces. No para alguien, no para ser leído, no para ser salvado. Sólo porque callar sería dejar que el mundo gane. Y el blog seguirá ahí. Vacío y lleno a la vez. Como un faro sin barcos, como una habitación con la luz siempre encendida. Al final, las palabras se quedan. Siempre se puede volver, como a ver fotos viejas de paisajes lejanos. Y, de algún modo, eso es suficiente.





EL FANTASMA INTERIOR

      La vida se ha vuelto un producto. Se mide por lo que se muestra, no por lo que se siente. Las personas actúan para ser vistas. Acomoda...