Primero, el frío. Las mañanas oscuras. Los vidrios se empañan. El vapor del aliento mezclándose con el humo de los escapes. Se camina rápido, tratando de enterrar las manos en los bolsillos. Luego, el avión. La cabina huele a limpieza reciente y a gente apretujada. El reloj en el celular se ajusta mecánicamente, como un gesto aprendido. Cinco horas más, seis, qué más da. Y de pronto, el verano. El aire pesa, húmedo y caliente. Las ojotas golpean contra adoquines que guardan el calor del día. La luz reverbera en las paredes, cegadora. La gente se mueve con lentitud deliberada, como si el tiempo se hubiese espesado. La piel se adapta antes que la memoria. Al tercer día, ya no se recuerda bien la textura de la lana contra el cuello, ni esa tensión en los hombros al caminar contra el viento helado. Hasta que un día, en medio del calor aplastante, llega sin aviso: un escalofrío fugaz, un recuerdo de otra temperatura. Dura un instante. Luego se disuelve, como todo.
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