Al principio parece sólo agua. Mucha agua. Verde, a veces azul, intenso. Otras veces no tanto. Se extiende hasta donde la vista se cansa de fingir que ve algo. Pero si te quedás quieto, si no te dejás engañar con el espectáculo de las olas, lográs descubrir el truco. No está en el agua. Está en el movimiento. En el instante exacto en que la ola, después de subir, duda antes de caer. En ese microsegundo de suspensión, como si alguien hubiera olvidado la siguiente nota de una canción. Ahí, en esa falla, en ese defecto del espectáculo, se cuela la verdad. La ola no importa. Lo que importa es el hueco que deja al irse. Él lo sabía. Por eso miraba el mar como quien escucha el silencio entre dos aplausos. Esperando, siempre, que esa nada le dijera algo. Y al final, siempre lo hacía.
viernes, 15 de agosto de 2025
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