Hay días en los que la luz nos pertenece, y otros en los que algo, sin aviso, nos apaga. No es el destino. No es el cansancio. Es algo más delicado: fuerzas invisibles que rozan el estado de ánimo. No las vemos, pero están ahí, suspendidas en el aire como polvo en un rayo de sol, esperando el instante preciso para alterar la química de nuestro humor. Comienzas el día convencido de que nada podrá empañarlo. Pisas la calle, respiras el olor del otoño, y todo parece en orden. Pero al volver, incluso a los pocos minutos, y sin que haya mediado motivo alguno, esa alegría se ha ido. No hubo advertencia. Sólo un cambio mínimo, como cuando el viento cambia de dirección sin que nadie lo note. ¿Fue ese escalofrío repentino? ¿Fue la inapreciable rotación de los planetas? ¿O tal vez el vuelo solitario de algún pájaro? No hay explicación. Existen influencias que actúan en los límites de lo perceptible, donde los sentidos se confunden con el mundo. Se filtran sin hacer ruido, se instalan sin avisar. Y de pronto, sin notar el momento exacto, el buen humor se ha ido. La vida tiene ese poder: ajustar los tonos del ánimo con sólo rozarlos al pasar. Es el misterio constante de la existencia. Algo nos afecta, nos transforma momentáneamente, y seguimos adelante, sin entender por qué esta mañana cantábamos y ahora apenas podemos silbar una triste melodía. El aire está lleno de presencias invisibles que cambian el color de nuestros pensamientos sin pedir permiso. Hay quienes creen que el ánimo es una casa con sólidos cimientos. No es cierto. Es más bien como esas canciones que escuchamos una y otra vez, sin parar, y que de pronto -sin saber por qué- dificultosamente logramos tolerar.
viernes, 18 de abril de 2025
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