¿Cuántas veces nos miramos al espejo en una vida? Innumerables. Una y otra vez. La luz cambia, el ángulo, el gesto. Pero frente al cristal permanece la misma persona, casi imperturbable. Nos empeñamos en creer que un corte de pelo, una sonrisa distinta, una arruga más o menos, alteran algo esencial. Y sin embargo, ahí está el mismo de siempre, observándose con esa misma paciencia de siempre. La obsesión por transformarnos es un invento moderno, una fábula para distraernos de lo que realmente importa. Compramos espejos nuevos, probamos expresiones, acumulamos gestos. Pero el alma no se renueva por arte de magia. No hay atajo que valga. Lo único que nos transforma es ese lento y silencioso trabajo de escarbar dentro, sin prisa, sin espectadores. Morimos un poco al cerrar los ojos. Resucitamos, intactos, al abrirlos. El tiempo es sólo un decorado que montamos para no mirar de frente a lo que nunca se agota. Jugamos con relojes y calendarios como jóvenes que escriben promesas de amor eterno en la arena, sabiendo que la marea las borrará. Pero ahí está, siempre: esa presencia quieta, ese fondo que no se mueve. Cambiamos de postura, de disfraz, de historia. Y sin embargo, en definitiva, seguimos ahí, con las costuras del alma al descubierto, ante lo que no tiene principio ni fin. Tal vez el verdadero valor no esté en transformarnos, sino en quedarnos quietos, aunque sea un instante, y reconocer lo que no ha cambiado y nunca lo hará.
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