Vivían separados por kilómetros y por costumbre. Él en un pueblo tranquilo, ella en una ciudad que nunca dormía. Casi cincuenta años les habían enseñado que el amor, a veces, es un idioma de gestos pequeños y ausencias largas. Se encontraban donde podían. No había planes, sólo esa frase que él repetía al oído, como un ritual: "Vení a navegar tus barcos a mi alrededor". Ella entendía: traé tus historias, tus heridas, tus triunfos sin testigos. Dejalos flotar aquí, junto a mí. En cada despedida, ella le entregaba algo frágil: una postal, una llave oxidada, un verso en una servilleta. "Quemar puentes no duele cuando la llama la encienden dos", escribió una vez. Él guardaba esos restos como reliquias de un fuego que no consumía, sino que alumbraba. No hablaban del futuro. Sabían que la vida es un catálogo de instantes prestados. En sus encuentros, creaban islas: efímeras, necesarias. Ella dejaba siempre una taza de café a medio beber. Él memorizaba el ritmo de su respiración al dormir. Así, entre llegadas y partidas, descubrieron que no existe lo eterno. Sólo existe el arte de arder sin miedo, aunque sea un segundo, antes de que la noche lo apague todo.
martes, 13 de mayo de 2025
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