En aquellos días de fiebre, cuando el mundo se veía un campo de batalla y la eternidad una apuesta segura, uno creía que la vida era una carrera hacia cumbres imposibles. Después, sin anunciarse, llega el momento en que comprendes: no hay trofeos que valgan el peso de su oro. Es una revelación silenciosa. Te das cuenta de que todo lo que importa cabe en gestos diminutos: el modo en que alguien deja caer una carcajada en medio de una frase, el libro que alguien subraya y olvida sobre la mesa, las horas que se deshacen sin testigos, los ojos húmedos de un padre vulnerable. Ya no hay enemigos que vencer, ni banderas que clavar en tierras lejanas. Sólo esto: el arte de perder el tiempo con dignidad. Dejar que las cosas sucedan, como el agua que se aquieta y, sin prisa, descubre su propio reflejo. Los sabios son aquellos que aprenden a sentarse a ver caer la tarde, y no piden nada más. No porque hayan renunciado, sino porque han entendido: la verdadera epopeya es la de los que sostienen el mundo con sus manos abiertas, sin apretar los puños. Y si acaso alguien, en algún lugar, sigue soñando con hazañas y estrellas, tú sonríes. No con pena, sino con la certeza íntima de quien ha encontrado, al fin, el brillo opaco y perfecto de lo que nunca se apaga.
jueves, 15 de mayo de 2025
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