Se encontraron cuando el tiempo se dobló como un papel quemado. Él, con sus gestos rígidos; ella, con su manera de mirar que desenterraba tesoros. El aire entre ellos era un pergamino donde se inscribían, sin tinta, los salmos de una liturgia personal. Compartieron el pan bajo la luz oblicua de un mediodía perpetuo. En cada mordisco, una parábola: lo divino no como fulgor, sino como hendidura. Ella mencionó caminos polvorientos y apariciones que sólo se revelan al desaparecer. Habló de un cuerpo que, tras la muerte, conservaba el hábito de comer lo necesario y mostrar cicatrices. "No es lo que resucita, sino lo que permanece", dijo. "Lo eterno se disfraza de costumbre", entendió él. Noches de tacto cartográfico. Él la recorría como quien descifra un manuscrito iluminado, buscando en los pliegues la letra pequeña de un pacto olvidado. Al esconderse el sol, la luz de una vela proyectaba siluetas que se alargaban hacia lo alto, fantasmas de una ascensión suspendida. En su costado, una marca pálida: la geografía de una herida que había aprendido a respirar. Ella partió al tercer día, dejando tras de sí un vacío con forma de ofrenda. En su lugar, las coordenadas numéricas y el rastro de un café frío. Ahora él vaga por la ciudad escudriñando esquinas, convencido de que ciertas ausencias son la única manera en que lo sagrado se manifiesta: un hueco que arde, una promesa escrita en negativo. Cuando come, recuerda: "El pan sabe a despedida y a eternidad". El aroma de ella permanece en sus manos. Reflexiona sobre cómo el amor, al igual que los dioses, sólo se nombra verdaderamente cuando se convierte en leyenda. O en polvo que espera, quieto, el viento correcto.
jueves, 15 de mayo de 2025
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