Los solitarios sabemos el instante exacto en que la conversación gira y nos deja del lado de afuera. No es distancia. Es ese escalón que el pie busca y no encuentra: un vacío de un segundo que sólo lastima si nos quedamos a mirarlo. Las manos no son el mayor problema; para eso están los bolsillos. El problema es esa línea que trazamos alrededor y que, sin que nos demos cuenta, empieza a achicar el espacio. Primero fue abrigo. Después, encierro. Por eso guardamos como monedas raras a esos pocos que nos conocen completos. Los que no pesan nuestros silencios. Los que, cuando callamos, no apuran las agujas del reloj. Los que son como un banco bajo un árbol en una tarde de verano. No se trata de hallar un lugar en el mundo. Se trata de hallar esas miradas que no le ponen precio a la existencia. Esas presencias que vuelven el aire habitable y limpio. La vida enseña tres lecciones: que el ruido nunca es música; que hay que irse antes de volverse fantasma; que quedarse sólo vale la pena donde todavía se puede respirar.
lunes, 28 de julio de 2025
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