Hay días que uno se mira las manos y ahí están, entre los dedos, hilos casi invisibles. No aprietan. Pero están. Recuerdan un rumbo sin decir nada, como un peso que no molesta. Algunos les dicen compromisos. Otros, costumbres. Hay quienes también hablan de amor, incluso al decir tiburones, y no se equivocan. Pero en el fondo son elecciones. Nudos más o menos imperceptibles que uno va haciendo, sabiendo que podría desatar, pero no quiere. Porque alguien sin nada que lo ate es como un barco a la deriva: se mueve, sí, pero no va a ningún lado. Y hay gente que es como el muelle del puerto: no te ata, pero te espera ahí, firme, para cuando necesitás amarrar. Nunca estamos libres; el que no tiene nada que lo ate, en realidad no está vivo. Las ataduras que valen la pena no son las que otros colocan, sino las que vos mismo agarrás y ajustás con dos manos, como quien le da vuelta a un cabo alrededor de la bita. Son las que pesan justo lo suficiente para que no te olvides quién sos. La ecuación es simple: la libertad no está en correr sin mirar atrás. Está en elegir qué hilo no vas a cortar nunca.
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