Hay un lugar que el olvido no alcanza. Es el instante en que los ojos, cansados de mirar décadas, deciden quedarse, aunque duela. La espalda que se endereza -no por orgullo, sino por costumbre- cuando el peso de los años dice que es hora de doblegarse. La palabra justa, dicha en el momento injusto, con esa calma que sólo dan los atardeceres vividos. No es un relámpago. No es un milagro. Es más bien como el último rayo de sol de una tarde que pronto será noche. Pero ahí está. Persistiendo. Como quien, a días de cumplir cincuenta, descubre que la luz no se extingue: se transforma. Que el aire, de pronto, huele a tiempo bien gastado. Que el mundo, pese a todo, tiene este pequeño hueco por donde aún cabe la esperanza.
viernes, 1 de agosto de 2025
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
LA MANO IZQUIERDA
El gris de la lluvia entró hace semanas. Los edificios tienen el color del cansancio. La gente camina apurada, pero sin rumbo: es el g...
-
Uno piensa una cosa, y dice otra. O promete algo, y no lo realiza. Es una ruptura. Un desgarro. Si se repite, cansa. La opción es simpl...
-
Un hombre cruza la calle. Lleva las manos en los bolsillos y camina como si ya supiera adónde va. En la esquina, una mujer espera el c...
-
Era una noche de diciembre, cálida. Sobre la mesa, un mantel blanco. Una botella vacía. La luz entraba desde la calle. Sonó el timbre. ...
No hay comentarios:
Publicar un comentario