Hay un momento en que uno descubre que hace tiempo hace las mismas cosas. No porque estén mal. Sino porque ya no piensa al hacerlas. La vida se ha vuelto una costumbre del cuerpo. Al principio es cómodo. Pero con los años, pesa. Un día uno descubre que podía respirar mejor. La mayoría no lo nota. Siguen con su mochila de piedras. Van a los mismos lugares, ven a la misma gente, dicen las mismas palabras. No está mal. Pero algo de ellos empieza a vivir en los bordes. Se corren para dejar lugar a otro que nunca llega. Ocupan menos espacio del que les tocaba. El que se anima, un día hace algo distinto. Algo chico. Nada demasiado grande. Sólo cambia la dirección de los pies. Y pasa algo. No la felicidad. Algo más simple: las cosas cuestan menos. Los días dejan de ser repetición y vuelven a ser lo que eran: un lugar donde todavía puede pasar cualquier cosa. El que no se anima, queda atrapado. Atrapado en el medio de su vida, sin habitarla del todo. Como quien mira su casa desde afuera, sabiendo que adentro hay alguien esperando. Ese alguien es él.
domingo, 22 de febrero de 2026
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