Imaginen a estos señores. Se sientan tras mesas pulidas, inmensas, para diseñar el mundo. Tienen planos perfectos, de líneas rectas. Prometen estructuras sólidas, un mecanismo perfecto. Pero miren de cerca. Las reglas que entregan son de una fragilidad que aterra. Los engranajes que proponen, fabricados con la torpeza de quien desconoce el oficio. Usan la madera más barata para construir el suelo que todos debemos pisar. Y se sorprenden cuando cruje. Hablan de un diseño maestro. Sin embargo, en sus ojos se lee el pánico del tramoyista que olvidó su siguiente paso. Gesticulan. Exigen fe. Su creación es un artefacto torpe, un reloj que atrasa y cuyas agujas, a veces, giran al revés. Todos los hemos visto ajustar tornillos con fastidio, ¿no es cierto? Como si la terquedad de la realidad fuera un defecto del material, y no la consecuencia de su incompetencia. He aquí el secreto: esos planos inmaculados están en blanco. La bóveda que dicen haber construido sobre nuestras cabezas es sólo aire. Un acuerdo tácito. Un miedo antiguo. Así que no queda más que tomar uno de esos planos, doblarlo con cuidado y hacer un avión de papel. Arrojarlo por la ventana. Observar su vuelo impredecible. Esa es la única arquitectura verdadera.
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viernes, 7 de noviembre de 2025
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