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jueves, 17 de septiembre de 2026

LO QUE QUEDA

     A veces alguien se va y uno cree que se llevó algo. No es cierto. Se lleva el cuerpo, la voz, esa manera particular de decir las cosas. Nada más. Lo que queda es lo que uno puso ahí. Y eso no se pierde. Se vuelve propio. Hay amores que no se apagan con la distancia. Siguen ahí, respirando en otro huso horario, en otra ciudad, en otra cama. No son un recuerdo: son una presencia que insiste. Amar a alguien que está lejos es posible, y no hace falta disfrazarlo de resignación. La distancia no mata: pide paciencia, pide ritmo, pide inventar un idioma nuevo para estar cerca. Una llamada a destiempo. Un mensaje que llega cuando el otro recién despierta. Un silencio compartido a través de una pantalla que, a veces, dice más que cualquier palabra. Es cierto: el amor necesita frecuencia. Necesita verse, escucharse, compartir un mate, una caminata, un domingo. Sin eso, se enfría, se seca, se vuelve idea. Pero no es algo definitivo. No hay un veredicto escrito de antemano. Una relación a distancia no es una condena ni una promesa rota: es un amor que sigue vivo y que elige sostener la espera mientras construye, de a poco, la posibilidad del encuentro. Y entonces uno aprende a vivir distinto. Sin actuar para nadie. Sin ensayar la cara que le gustaría que vieran. Aprende a hacer cosas pequeñas. Elige una música. Camina hasta donde quiere. Come lo que le gusta. Y en algún punto de eso, sin darse cuenta, ya no está esperando con angustia: está viviendo con la certeza de que el otro también está ahí, del otro lado, haciendo lo mismo.




martes, 2 de diciembre de 2025

LO QUE QUEDA

     Se cree que la muerte gana. Que el amor termina con el último suspiro. Pero mirá el invierno: todo parece quieto, acabado. Sin embargo, bajo la tierra dura, la raíz vive. Espera. El invierno no es el fin, es sólo una pausa. El amor verdadero no es un sentimiento fugaz. Es un acto. Es elegir construir algo junto a otro. No para poseer, sino para afirmar. Es como levantar una casa con las propias manos, ladrillo sobre ladrillo. La persona se va, sí. Pero la casa queda. No es un recuerdo. Es un lugar donde se sigue viviendo. Donde cada gesto aprendido, cada verdad compartida, es una luz que no se apaga. La muerte existe. Pero el amor es otra cosa. Es una construcción que, una vez hecha, no se derrumba. Por eso, al final, lo que perdura no es un fantasma. Es una casa tibia. Y adentro, el invierno no entra.




EL RESCOLDO

     Un día cualquiera uno abre la puerta y afuera hay otra cosa. No es que las flores aparezcan de golpe ni que los pájaros se decidan a ca...