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sábado, 17 de enero de 2026

LATENCIA

     La memoria es un terreno sin cercos. Allí, lo que una tarde fue arrojado al fondo de un pozo, sabe trepar. No hace falta ser erudito para verlo. Basta mirar hacia atrás. La vida de cada persona tiene esas fisuras: por ellas sube, lento, el peso que creímos dejar atrás. No es una aparición. Es sólo una verdad que tardó en secarse. En la historia de los pueblos pasa lo mismo. Lo que fue silenciado a gritos no se convierte en silencio; se hace semilla. Crece debajo. Un día, la tierra se agrieta y aparece un brote nuevo, verde y terco. No es un héroe. Es apenas lo que nunca aceptó desaparecer. Hay sueños que se acuestan por cien años. Pero duermen de lado, con un ojo abierto. Llega una mañana en que estiran los brazos, se levantan, y no piden permiso. Vuelven a caminar. Es simple: algunas ideas no tienen fecha de vencimiento. Por eso, ante la injusticia o el olvido, lo correcto no es la impaciencia. Es tener la calma de quien siembra. Lo que debe volver, vuelve. No es magia. Aunque todos estén entretenidos, siempre alguien, en algún lado, guarda la llave. El pasado no se despide. Se retira unos pasos y espera. A su hora, golpea la puerta con los nudillos de un hecho. Entonces todo se reordena. Lo que había caído, se incorpora. Lo que fue tapado, queda a la vista. Es una ley no escrita: lo que ha sido empujado fuera del cuadro, siempre encuentra el modo de entrar de nuevo en él. Y pinta, con sus propios colores, la parte que faltaba.




jueves, 30 de octubre de 2025

LATENCIA

     Necesito un alto. Una pausa breve en este avance sin sentido. No soporto lo que queda cuando la vida se ha ido. Prefiero días grises, tranquilos. Una lámpara sobre la mesa. Su luz, de noche, multiplicada entre las hojas. Y una canción, una sola, girando en mi cabeza hasta volverse eterna. Un repliegue donde el tiempo se disuelve. Donde no hay metas, ni deudas, sólo latencia. Donde la existencia se reduce a un punto de calor y un compás que no cesa. Por eso me instalo acá. La lámpara dibuja un círculo sobre la madera. Afuera, la noche espesa. A veces, entre las ramas, veo destellos. Fragmentos de algo roto en el cielo. No son consuelo. Son señales.  Elijo este territorio. Y la música. Siempre la música. No es adorno. Es el sostén de este refugio. Lo que llena los vacíos. Lo que impide el derrumbe. Así construyo mi resistencia. Con estos elementos mínimos. Esta economía de lo sagrado. Hasta que un día, sin aviso, apago el equipo de audio. El silencio que queda no es el de antes. Es nuevo. Me levanto. Abro la ventana. El aire entra de golpe. Afuera, el mundo sigue ahí. Pero ya no es una amenaza. Golpeo un par de puertas. Es todo lo que tengo. Y es suficiente.




EL RESCOLDO

     Un día cualquiera uno abre la puerta y afuera hay otra cosa. No es que las flores aparezcan de golpe ni que los pájaros se decidan a ca...