Hay una manera de irse. Alguien te muestra un caminito de tierra. Angosto. "Ahí", dice. Es todo. No hay rutas anchas. Sólo ese paso, casi secreto. Un sendero que no promete nada. Esa persona te suelta la mano. A su pesar. Es un gesto mínimo, pero decisivo. Te quedás mirando el camino. Después, caminás. Porque a veces lo enorme necesita sólo un comienzo. Un pequeño espacio, exacto. Alguien que lo señale. Lo hermoso no es la llegada. Es la verdad de ese "ahí". La seguridad que transmite. Y la mano que, aunque no esté, sigue estando.
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sábado, 13 de diciembre de 2025
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