El error fue siempre el mismo: mirar hacia arriba. Durante años, la mirada se entrenó en el ángulo del respeto. Elevar el mentón para contemplar a quienes parecían haber resuelto el misterio de la existencia. Ellos firmaban documentos importantes, manejaban automóviles, usaban llaves que abrían puertas que a nosotros nos permanecían cerradas. Parecía un oficio, ser adulto. Pero no hay oficio. Hay una máscara que se pone cada mañana, y detrás de esa máscara no hay un rey, no hay un juez, no hay un dueño del mundo. Hay alguien que todavía quiere el juguete del vecino, que teme el silencio de los pasillos, que obedece a un calendario, a una cuenta bancaria, a un apellido. Y llora, pero ya no sabe hacerlo con el escándalo de la infancia. Ahora es un acto sigiloso, un trámite que se realiza a solas. El punto no es dejar de llorar. El punto es recuperar el derecho al escándalo. No se trata de volverse fuerte, sino de volverse visible. De entender que la dignidad no está en la ausencia de miedo, sino en la decisión de mostrar las propias manos vacías sin vergüenza. Porque el que muestra sus manos vacías ya no necesita pedir. Y el que no pide, no espera. Y el que no espera, no depende. Entonces, una noche cualquiera, uno se sienta en el borde de la cama y comprueba que no hay nada que reclamar. Ni al mundo, ni a los años, ni a los que están arriba. Se acuesta. Y duerme. No como un niño, no como un adulto. Como quien, finalmente, ha dejado de inclinar la cabeza.
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jueves, 2 de julio de 2026
martes, 23 de diciembre de 2025
VISIBLE
El que siente mucho actúa como un faro. Pasa el tiempo encendido para otros. Ilumina la costa para los barcos. Les marca las rocas, les da un punto fijo en la oscuridad. Ellos pasan, usan su luz, siguen su viaje. Nadie mira la estructura de cemento. Nadie piensa quién cambia la lámpara. El faro cumple su función. Sigue girando su haz de luz. Pero la sal corroe su metal. El viento desgasta su pintura. Por dentro, queda sólo el humo de tanto arder. Nadie lo ve. Llega un día en que el mecanismo, sencillamente, se para. No se rompe. Se detiene. La luz se apaga. Hay un instante de oscuridad total, pura. Los barcos, allá lejos, se confunden. No entienden el abandono. Buscan en vano el guía habitual. El faro no hace nada. Se queda quieto en su roca. Ya no gira. Ya no aporta nada. Mira la noche, sin ofrecerle nada. Y en ese no hacer, por primera vez, siente el frío del mar en su propia piel. La luna bañando su silueta. El peso exacto de su propia estructura sobre la tierra. Ahora la oscuridad es suya. El silencio es suyo. La roca que lo sostiene es suya. Ya no es una señal para otros. Es, al fin, algo en el mundo.
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