Interpretamos una única función. Sin ensayo. Contamos. Suprimimos. Acentuamos. Al principio, hay testigos. Voces que rectifican, que recuerdan. Voces que conocen la primera versión. Con el tiempo, el teatro se vacía. Las butacas quedan desocupadas. Sólo queda el sonido de nuestra propia voz, repitiendo el mismo libreto en la oscuridad. La vida no es la vida. Es el monólogo que perfeccionamos en la soledad del escenario. Luego llega un nuevo público. Ellos escuchan el monólogo desde afuera, desde la platea. Lo reciben completo, mejorado, inmodificable. Para ellos no existe la obra anterior. Existe sólo esta función. La última. El final es el instante en que entregamos el guion a otros. Ellos lo guardan. Lo protegen. Lo creen. Lo aman. Lo sufren. Así, la ficción se hace eterna. No por su verdad, sino por la fe de quienes la heredan.
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martes, 20 de enero de 2026
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