Todas las tardes, un hombre se detenía ante la misma puerta. La puerta de su casa. Metía la llave, giraba, empujaba. Adentro, todo estaba como lo había dejado: las sillas, la luz de la tarde, el silencio. Era un hombre que había aprendido a querer el silencio. O al menos a no tenerle miedo. De joven había creído que la vida era un arco. Se tensa, se apunta, se suelta. Tensó con fuerza. Estudió, viajó, deseó. Esperó el momento en que la flecha partiese hacia algo grande. Pero las tardes seguían llegando, una tras otra, y la flecha nunca terminaba de irse. Vibraba en el aire, sin caer. Hasta que un día dejó de tensar. No eligió. Entendió. La vida no era un arco. Era la mano que lo sostiene. La mano, nada más. Los dedos. El calor de la madera. Todo lo que había puesto en el después, en el allá, en el algún día, se fue quedando sin lugar. Y él se quedó sin lugar también. Vio que la luz de las tardes era siempre la misma. Vio que las sillas estaban siempre en el mismo lugar. Vio que él estaba siempre ahí. Y sintió miedo. Porque una vida sin destino es una caída demasiado larga. Pero pasó algo. Una tarde, al dejar las llaves sobre la mesa, el ruido fue distinto. No más fuerte, no más débil. Distinto. Como si hubiese dicho algo. No un mensaje. Algo más simple: un sonido. Se quedó quieto. Escuchó cómo el sonido se apagaba, despacio, hasta irse. Y en ese irse, en ese acabarse sin dejar nada, sintió algo que no sabía cómo llamar. No era alegría. Era estar ahí. Entendió entonces que la vida no era una historia que va a algún lado. Era un cuarto. Un cuarto con cosas dentro. Y él había pasado los años mirando por la ventana, esperando que algo pasase fuera, sin ver nunca las cosas que estaban dentro. La mesa. Las llaves. La luz. El sonido. Todo estaba ahí, esperando ser mirado. No para decir algo. Para estar. Dejó de mirar por la ventana. Al día siguiente, al volver a casa, metió la llave, giró, empujó. Dejó las llaves sobre la mesa. Y escuchó. No esperó nada. No buscó nada. Escuchó. Y el sonido estuvo. Llenó el aire un momento y se fue. Eso bastó. El mundo no cambió. Siguió siendo el mismo mundo. Pero él, al entrar, ya no entraba en su casa. Entraba en las cosas. Y las cosas, por primera vez, estuvieron ahí. Enteras. De verdad. Sin mañana.
sábado, 21 de febrero de 2026
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
LO QUE SE QUEDA
Uno aprende, con el tiempo, que algunas cosas se quedan. Una canción. Una persona. Una playa. Un día cualquiera. Una noche. Una tarde q...
-
Uno piensa una cosa, y dice otra. O promete algo, y no lo realiza. Es una ruptura. Un desgarro. Si se repite, cansa. La opción es simpl...
-
Te pasás la vida soñando. Con la casa, con el auto, con ese rincón de paz donde todo esté en su lugar. Juntás plata, pedís créditos, fi...
-
Uno arranca por cualquier lado. No hay otra forma. Nadie sabe dónde queda el principio. Así que agarramos lo primero que viene, un día...
No hay comentarios:
Publicar un comentario