A veces se instalaba una emoción. Un dolor. Una alegría. Llegaba, y lo ocupaba todo. Uno pensaba: esto es ahora. Esto es para siempre. Pero no. Porque llegaba el martes. Y después el miércoles. Y lo que parecía sólido, el tiempo lo iba deshaciendo. Suavemente. Sin prisa. No era magia: era la mecánica simple de las horas. Cada nueva hora empujaba a la anterior. Cada nuevo día limpiaba el anterior. Así que uno aprendía. No a pelear. Sino a soltar. A confiar en que la marea, sin falta, se retira. Siempre. Esa era la verdad. Dura y clara. Todo llega. Todo se va.
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jueves, 1 de enero de 2026
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