Estabas en aquella reunión, entre amigos. En el instante preciso en que la música cambió y todos gritaron, al unísono. Y allí estaba: la certidumbre del fin. No era un pensamiento. Era una temperatura. Viste las copas alzadas, el brillo en las miradas, la composición exacta de aquel segundo: una fotografía mental. Y lo supiste: esto es todo. El clímax. Lo que seguirá será el regreso a casa, el frío de la llave en la cerradura, la ropa abandonada sobre una silla. Las responsabilidades. No era el dolor por lo vivido, sino por la pérdida futura, ya consumada. Entonces respiraste. Y guardaste aquello. No como un recuerdo, sino como un hecho incontestable. La prueba de una felicidad que, desde ese instante, comenzaba a ser pasado; a convertirse en algo que ya tenías, y por eso mismo, empezaba a escaparse.
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miércoles, 19 de noviembre de 2025
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