La gente cree que las acciones tienen un valor fijo. Que mentir está mal. Que decir la verdad está bien. Que hay una lista, en algún lado, que dice: esto sí, esto no. Pero no hay ninguna lista. Uno puede hacer algo cuestionable y ser perdonado de inmediato. Otro puede hacer lo mismo y cargar con la condena toda la vida. La diferencia no está en lo que hacen. Está en quién lo hace. Está en la luz que llevan en los ojos. Está en los rasgos que vuelven amable cualquier gesto. Está en la sonrisa que llega justo después, como si todo estuviera bien, como si todo hubiera estado siempre bien. El primero camina liviano. El segundo camina como si llevara algo encima. Uno pide perdón y ya está. El otro pide perdón y parece que mintiera también en eso. Por eso hay personas que pueden fallar y uno las entiende. Y hay personas que no pueden hacer nada bien, porque todo en ellas pide disculpas de antemano. Uno puede quejarse toda la vida. Pero al final, cuando llega la noche, lo único que importa es si lo que hizo lo hizo con gracia. Porque del otro lado siempre hay alguien mirando. Y ese alguien no va a preguntar qué hiciste. Va a ver cómo lo hiciste. Tus ojos, tu rostro, tu sonrisa. Y en un segundo va a decidir. Pero hay algo más. Algo que ocurre después. Cuando no hay nadie mirando. Cuando los ojos luminosos se fueron y la sonrisa perfecta ya no importa. En ese momento, sin testigos, sin juicios, sin belleza que te salve, te ves a vos mismo. Y ves si lo que hiciste lo hiciste bien. No según los otros. Sino según la única luz que no se puede fingir. Esa luz no tiene ojos claros ni rasgos armónicos. Esa luz sos vos. Y si en ese momento podés sostenerla, entonces todo lo demás sobra. Si no, no hay sonrisa que alcance.
miércoles, 18 de febrero de 2026
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EL VEREDICTO
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