Uno sale. Lleva una valija y una idea: que hay que llegar. La ruta promete, le dijeron, que por ahí se llega. Y uno quiere llegar. Pero en un momento, por cansancio o por esa distracción que a veces es la única inteligencia del cuerpo, dobla. Toma un camino que no estaba en los planes. Luego un camino de tierra, más angosto. Y entonces pasa algo. No pasa nada. Y eso es justamente lo que pasa. Uno baja del auto, mira a lo lejos, camina un rato y llega a un pueblo. Un pueblo chico, de esos que no aparecen en los mapas. Hay una plaza, un almacén, un hombre sentado en la puerta de su casa. Uno se sienta en la plaza. No hay nada especial. Pero el aire es distinto. La luz, también. Pasa un perro y ni siquiera ladra. El hombre del almacén saca una silla y se sienta afuera. No mira el teléfono. Mira el cielo. Y uno empieza a ver: en este pueblo nadie va a ningún lado. Nadie corre. Nadie espera. Están ahí. Eso es todo. Están ahí y eso les basta. Y uno piensa en su casa, en las cosas que hace, en las cosas que quiere tener. En todo ese ruido que ya nadie escucha. Pasa la tarde. Vuelve la noche. Antes de irse, uno mira una última vez la plaza, el almacén, el hombre que sigue ahí. Y entiende. Entiende que tal vez la vida no sea ir a algún lado. Tal vez sea eso: desviarse. Encontrar un pueblo donde nadie está apurado y sentarse a ver qué pasa. O a no ver nada. Cuando sube al auto y vuelve a la ruta, ya no es el mismo. No porque haya encontrado algo. Sino porque perdió el miedo a perderse. Y supo, por primera vez, que los mejores lugares no están en los mapas. Están del otro lado de una curva, en el polvo de un camino de tierra, en la siesta de un pueblo que no esperaba a nadie.
martes, 17 de febrero de 2026
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