Hay algo raro en este tiempo. Algo que cuesta nombrar. Uno agarra el teléfono y puede escribir cualquier cosa. Cualquiera. Con ira, con desprecio. No hay censura para el odio. Se ha vuelto un músculo que se ejercita a diario, sin consecuencia. La gente dice lo peor de sí misma, y lo llama libertad. Pero después uno sale a la calle. Y en la calle las palabras se achican. Se miden. Se guardan. No porque exista miedo. No porque alguien haya prohibido algo. Sino porque decir lo que uno piensa se ha convertido en un acto que requiere tiempo, confianza. Es extraño: nunca fuimos tan libres para agredir, y nunca fuimos tan cautos para hablar. Uno podría pensar que son dos mundos distintos. Pero no. Es el mismo mundo, sólo que partido en dos mitades que no se miran. El odio es deporte. El pensamiento es un lujo que ya nadie se permite. Lo que se pierde no es la capacidad de decir. Lo que se pierde es la certeza de que alguien, del otro lado, sepa escuchar.
miércoles, 11 de febrero de 2026
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