Toma la vida y la convierte en producto. Cambia tiempo por éxito. Entrega latidos por dinero. Luego, gasta las ganancias en reparar el desgaste. Un círculo perfecto. El error está en el tiempo. Nunca está en el presente. Vive para un después que no llega. Así se vuelve su propio amo y esclavo. Trabaja por voluntad, sin pausa, porque no sabe hablar de otra cosa. Cree que acumular logros es existir. El final llega y lo encuentra con las manos llenas de triunfos inútiles. Entonces, quizás, vea: estuvo tan ocupado planificando su vida, que se le pasó vivir. Para entonces, el único lenguaje que aprendió fue el de la oferta y la demanda, y ya no tiene palabras para lo que importa. Esa es la confusión. Creer que vivir es producir. Confundir los latidos con la cuenta. La vida con el saldo. Y no tener, al final, nada que decir que no huela a oficina y a horas extras.
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