Nos pasamos la vida buscando un lugar donde sentirnos a salvo. El perro tiene su rincón; la perra, el hueco que hizo en las mantas. También nosotros encontramos el nuestro. Está bien. Es un alivio. Pero llega un momento en que el refugio deja de ser refugio y se convierte en costumbre. Uno dice que quiere conocer el mundo, pero en el fondo lo que quiere es volver rápido al hotel, a esa cama que ya conoce la forma de su cuerpo, a la rutina de siempre. El cuerpo desea repetir. El gato mira el suelo durante horas. Eso no es paz: es miedo a moverse. Antes la gente se iba a vivir a otra ciudad sin conocer a nadie. Estaba la mano sin anillos, los bolsillos vacíos, la posibilidad de empezar de cero. Estaba la inmensa llanura de lo que aún no ha sucedido. Eso era la vida: un lugar vacío donde podía ocurrir cualquier cosa. Y ocurría. Ahora miro alrededor. ¿Quién se atreve? Nadie. Da miedo no saber lo que viene. Da miedo la página en blanco. Y es tan cómodo lo conocido que, cuando al pájaro le abren la puerta de la jaula, mira hacia afuera, da dos pasos y vuelve. No porque lo obliguen. Vuelve porque ya no sabe vivir sin los barrotes. Porque los barrotes, con el tiempo, dejan de ser una cárcel y empiezan a ser una forma de orden. Eso somos. Gente que prefiere la jaula conocida al cielo que no termina nunca. Pero a veces, de noche, cuando la casa está en silencio, oímos algo. Es el mundo que sigue ahí, afuera, esperando. Y sentimos, por un segundo, que la jaula no alcanza. Que tal vez, alguna vez, fuimos hechos para el cielo. Y entonces algo nos desvela, sin saber qué es.
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