jueves, 19 de febrero de 2026

RECUERDOS

     Un hombre. Un altillo. Cajas. Durante años, ese fue el mecanismo. Cuando algo dejaba de tener un lugar visible en la casa -un abrigo que ya no se usaba, unos libros que nadie abría, una lámpara que había dejado de encenderse- se lo llevaba arriba. Arriba. Donde la luz no llegaba. El hombre creía que eso era ordenar. Un día, sin motivo, bajó una caja. La puso sobre la mesa de la cocina y la abrió. Adentro había una bufanda gris. De lana. Había un manojo de llaves. Tres. Oxidadas. No abrían ninguna puerta. Había fotografías. Él, más joven, miraba a la cámara. Había  personas que ya no estaban. La luz de esas fotos tenía el color de los años ochenta: un amarillo que ya no se usa, un naranja que se llevó el tiempo, una calidez que en las fotos de ahora ya no existe. Las miró una por una. Y entonces, las reconoció. Como se reconoce, después de mucho tiempo, una voz. Uno no recuerda lo que dijo, pero sabe que es esa. El hombre había pasado años pensando que el tiempo era un desorden. Algo que llegaba y movía las cosas de lugar, que las empujaba, que las perdía. Pero ahí, en esa mesa, las cosas no estaban perdidas. Estaban justo donde tenían que estar. La bufanda ya no era para abrigar. Era para recordar que alguien, un invierno, había existido. Las llaves ya no abrían puertas. Abrían una época. Las fotos ya no mostraban momentos. Mostraban el lugar del que uno viene, aunque después se vaya lejos. El tiempo no había desordenado nada. El tiempo había ido colocando cada cosa en su lugar. El hombre dobló la bufanda. Dejó las llaves sobre la mesa. Miró las fotos nuevamente. Después guardó todo, cerró la caja y la subió otra vez al altillo. Pero ahora sabía. Allá arriba no había cosas viejas. Había un mapa. El mapa de todo lo que había sido. Y de todo lo que, sin saberlo, todavía era. 






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