lunes, 16 de febrero de 2026

ENTERO

     
     Había un hombre que arreglaba bicicletas. No era un gran hombre. No hizo grandes cosas. Pero cuando tomaba una rueda entre las manos, dejaba de existir el mundo. Pasaba una hora hasta que la rueda giraba perfecto. Después se quedaba mirándola. En esa mirada, había algo completo. Afuera, todos querían ser más. Más grandes, más lejos, más importantes. Corrían. El hombre no corría. Tenía las manos grasientas y miraba una rueda girar. En los charcos que deja la lluvia se refleja la luna. No es media luna. No es un pedazo. Es la luna entera metida en ese poco de agua. La luna no necesita un lago. Necesita un charco. El hombre murió un otoño. En el velorio no había nadie importante. Pero los que estábamos sabíamos una cosa: ese hombre había sido entero. No quiso ser más. Puso todo lo que era en esa rueda que giraba perfecto. Ahora, cuando llueve, miro los charcos en la vereda. Y la luna está siempre ahí, entera, brillando en cada uno. Para ser grande hay que ser chico. Hay que ser todo en lo poco. Como el hombre de las bicicletas. Como la luna en el charco.




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