La conciencia de la finitud nos alienta a apreciar la belleza de cada instante. Sin embargo, lo lamentable no es la brevedad de las cosas y de las personas, pues en esa fugacidad y vulnerabilidad reside su encanto más profundo. Lo que en verdad conmueve es la singularidad de cada ser y objeto. Lo que estremece es el peso de la irrepetibilidad, la certeza escalofriante de lo insustituible. Por lo tanto, cada momento, compartido o en soledad, debe estar destinado a guardar consigo la chispa de lo eterno. Es que en cada latido del tiempo yace la magia de lo efímero, recordándonos de la importancia de valorar la invaluable singularidad que nos rodea.
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