Según Freud, las coincidencias no existen. Cuando nos topamos con alguien de manera inesperada, es posible que nuestra mente haya capturado vislumbres o atisbos de esa persona en el pasado, aunque no los recordemos conscientemente. Estas impresiones se almacenan en lo profundo de nuestra mente, esperando el momento adecuado para manifestarse. Esta idea puede explicar la sensación de familiaridad que experimentamos en ciertos encuentros. Tal vez, en algún momento del pasado, compartimos un espacio o una experiencia con esa persona, aunque no lo recordemos. Lo cierto es que, cuando nos encontramos con alguien de esa manera, sentimos un impulso a valorar y aprovechar ese acercamiento. Podemos llamarlo azar o destino, pero lo importante es reconocer que esos encuentros son oportunidades para construir futuros llenos de posibilidades. Debemos agradecer a los caminos que nos llevan a esos cruces y, a partir de allí, crear conexiones significativas y enriquecedoras.
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