Cuando la vida nos niega lo que más anhelamos, sentimos la necesidad de calmar nuestro corazón. Este es un viaje hacia lo más profundo de nosotros mismos, donde podemos encontrar cobijo a salvo del dolor. Retroceder no significa rendirse; es un acto de cuidado. Nos rodeamos de una protección que nos ayuda a evitar que las heridas del mundo nos afecten demasiado. Sin embargo, al cerrarnos, surge una pregunta: ¿no corremos el riesgo de perder lo que realmente nos hace sentir vivos? ¿Podríamos apagar la luz que nos impulsa a amar, a desear, a experimentar? Tal vez, en este proceso de resguardarnos, estemos buscando una forma de amor más auténtica, una conexión que surja no de lo externo, sino de nuestra propia esencia.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
NO HAY HAZAÑA EN EL DESAYUNO
Uno mira el cielo y se convence de que ahí, arriba, está su nombre. Quiere ser explorador de lo infinito, arquitecto de estrellas, fun...
-
Uno piensa una cosa, y dice otra. O promete algo, y no lo realiza. Es una ruptura. Un desgarro. Si se repite, cansa. La opción es simpl...
-
Un hombre cruza la calle. Lleva las manos en los bolsillos y camina como si ya supiera adónde va. En la esquina, una mujer espera el c...
-
Era una noche de diciembre, cálida. Sobre la mesa, un mantel blanco. Una botella vacía. La luz entraba desde la calle. Sonó el timbre. ...
No hay comentarios:
Publicar un comentario