Hay dolores que no sangran. Pesan, sí, pero como el aire espeso de una habitación que permaneció cerrada durante demasiado tiempo. Son las huellas de batallas que nunca ocurrieron, los duelos declinados con un gesto leve, las espadas que nunca se cruzaron. No es huir. Es elegir otro campo, otro silencio. Hay una belleza extraña en lo que no sucedió: como una partitura sin notas, un cuadro pintado sólo con agua. Duele, claro. Pero duele de otra manera: como el vacío que deja lo que pudo ser y no fue. Nadie ve esas heridas. Nadie las nombra. Sólo hay ausencias. Y sin embargo, llevan consigo toda la elegancia de lo que se resistió a existir.
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