Subir. El viento arrasa las certezas. La fe construye muros con los ojos cerrados; la ciencia los desarma, ecuación tras ecuación. Entre ambas, el hombre avanza: en una mano lleva lo sagrado; en la otra, la razón. Arriba, el mundo es sólo aire y vértigo. Nubes que deshacen el cielo en segundos. El pasto se aferra a la tierra, como preguntas sin respuestas. El espíritu se expande, no por las respuestas, sino por el simple milagro de estar vivo, ahí, en el límite donde lo que se puede medir y lo que sólo se intuye se observan sin tocarse. ¿Llorar? Sí. Pero no por miedo. Por entender, al fin, que la única victoria es permanecer en esa grieta, con los pies desnudos y el corazón abierto, sabiendo que ni los dioses ni los números llenarán el vacío. Vivir, al final, es eso: caminar en la delgada línea donde el misterio duele, pero nos hace seguir respirando.
viernes, 23 de mayo de 2025
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