Hay instantes en que el cielo se dobla sobre sí mismo, y entonces comprendemos que las despedidas no son más que cartografías del alma. Te observé avanzar hacia la puerta de embarque, y fue como ver a una parte del mundo desprenderse en silencio. Una melodía surgió entonces -no sé si del aire o del pecho- y se tendió entre nosotros un puente invisible. La guardé dentro de otro sobre sellado con silencio, junto a todas las ausencias que no nombro, junto a esa niebla que se confunde con todo lo que callo y vos, sin embargo, siempre escuchás. Desde aquí, el mundo es un ventanal por el que me asomo cada mañana, buscando en el horizonte la línea curva de un tren, el perfil de un retorno. No hay pena que resista cuando sé que, allá donde estés, llevás mi nombre tatuado en una costilla, igual que yo sostengo el tuyo en las palmas de las manos, allí donde el tiempo se coagula en cicatriz. Te imaginé sonriendo -esa sonrisa que descompone el universo- y entendí, al fin, que la felicidad no es un territorio, sino la claridad con que alumbramos lo que falta. Si alguna vez la noche se quiebra sobre vos, recordá esta canción sin notas. Es una promesa construida con pedazos de eternidad: dondequiera que te alcance una sombra, cavaré un pozo hasta encontrar esperanza. Y todas las veces que quieras, volveré a entregarte todo, como siempre, como jamás dejaré de hacerlo, hasta que los mapas se deshagan en polvo y las distancias bajen la cabeza. Queda esta melodía. Es la despedida que no se atreve a nombrarse, la partitura de un encuentro que ya está sucediendo, en algún lugar, mientras el aire viaja de un pulmón al otro.
domingo, 25 de mayo de 2025
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