Llega un día. Un día cualquiera. Y de pronto, la mirada se te clava en un rostro envejecido. No es el primero que ves, pero es el primero que leés. Y entendés. La ternura que sólo te provocaban los niños se desvía. Sin pedir permiso. Ya no mirás a ese hombre, a esa mujer. Te mirás a vos. En un espejo del tiempo. Esas arrugas, esas ojeras, esa paz fatigada. No son suyas. Son tuyas. Sólo que aún no han llegado. Y en ese instante de pura y silenciosa claridad, la infancia se acaba. No con un estruendo, sino con un parpadeo.
miércoles, 17 de septiembre de 2025
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