La ciudad se ha convertido en una vidriera de golosinas. No se compran cosas ni se conocen personas: se consumen envoltorios. Prometen un estallido dulce en la lengua. Después, sólo el vacío y las ganas de otro. Somos catadores de lo superficial. Saboreamos noticias ácidas, relaciones de menta. No hay personas, sólo perfiles, sabores de estación. Se usan y se tiran cuando el brillo se apaga. No hay hambre de verdad. Sólo la necesidad de morder. La ansiedad por el próximo gusto, la nueva sensación. El siguiente caramelo. Es un festín de apariencias. La belleza es una sobredosis de azúcar. El pensamiento, una corteza crujiente que se deshace al primer contacto. No importa el centro, si es blando o no hay nada. Sólo importa el estallido de dulzor. La posesión instantánea. Así masticamos la vida. Tragamos sin saborear. Juntamos papelitos de colores, creyendo que es un tesoro. Hasta que la lengua se cansa. Ya no siente nada. Todo sabe a celofán. A pura nada. Recién ahí nos damos cuenta, cuando nos morimos de hambre: el banquete entero era una farsa pegajosa.
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