La ciudad se ha convertido en una vidriera de golosinas. No se compran cosas ni se conocen personas: se consumen envoltorios. Prometen un estallido dulce en la lengua. Después, sólo el vacío y las ganas de otro. Somos catadores de lo superficial. Saboreamos noticias ácidas, relaciones de menta. No hay personas, sólo perfiles, sabores de estación. Se usan y se tiran cuando el brillo se apaga. No hay hambre de verdad. Sólo la necesidad de morder. La ansiedad por el próximo gusto, la nueva sensación. El siguiente caramelo. Es un festín de apariencias. La belleza es una sobredosis de azúcar. El pensamiento, una corteza crujiente que se deshace al primer contacto. No importa el centro, si es blando o no hay nada. Sólo importa el estallido de dulzor. La posesión instantánea. Así masticamos la vida. Tragamos sin saborear. Juntamos papelitos de colores, creyendo que es un tesoro. Hasta que la lengua se cansa. Ya no siente nada. Todo sabe a celofán. A pura nada. Recién ahí nos damos cuenta, cuando nos morimos de hambre: el banquete entero era una farsa pegajosa.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
LO QUE SE QUEDA
Uno aprende, con el tiempo, que algunas cosas se quedan. Una canción. Una persona. Una playa. Un día cualquiera. Una noche. Una tarde q...
-
Uno piensa una cosa, y dice otra. O promete algo, y no lo realiza. Es una ruptura. Un desgarro. Si se repite, cansa. La opción es simpl...
-
Te pasás la vida soñando. Con la casa, con el auto, con ese rincón de paz donde todo esté en su lugar. Juntás plata, pedís créditos, fi...
-
Uno arranca por cualquier lado. No hay otra forma. Nadie sabe dónde queda el principio. Así que agarramos lo primero que viene, un día...
No hay comentarios:
Publicar un comentario