Necesito un alto. Una pausa breve en este avance sin sentido. No soporto lo que queda cuando la vida se ha ido. Prefiero días grises, tranquilos. Una lámpara sobre la mesa. Su luz, de noche, multiplicada entre las hojas. Y una canción, una sola, girando en mi cabeza hasta volverse eterna. Un repliegue donde el tiempo se disuelve. Donde no hay metas, ni deudas, sólo latencia. Donde la existencia se reduce a un punto de calor y un compás que no cesa. Por eso me instalo acá. La lámpara dibuja un círculo sobre la madera. Afuera, la noche espesa. A veces, entre las ramas, veo destellos. Fragmentos de algo roto en el cielo. No son consuelo. Son señales. Elijo este territorio. Y la música. Siempre la música. No es adorno. Es el sostén de este refugio. Lo que llena los vacíos. Lo que impide el derrumbe. Así construyo mi resistencia. Con estos elementos mínimos. Esta economía de lo sagrado. Hasta que un día, sin aviso, apago el equipo de audio. El silencio que queda no es el de antes. Es nuevo. Me levanto. Abro la ventana. El aire entra de golpe. Afuera, el mundo sigue ahí. Pero ya no es una amenaza. Golpeo un par de puertas. Es todo lo que tengo. Y es suficiente.
jueves, 30 de octubre de 2025
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