Se levanta un castillo. Arena y un balde pequeño, nada más. Un montón. Una torre. Un muro bajo. La forma nace bajo el sol, sólida, por un instante. Su sombra, pálida, sobre la arena ardiente. Las manos modelan el mundo. Luego se detienen. La obra está completa. A lo lejos, el agua. Se aproxima sin prisa. No es un enemigo, es una certeza. La única. Roza los cimientos. Los disuelve. No es un combate. Es un regreso. La torre se deshace en silencio. El muro es una línea que se desvanece. Al final, sólo queda la playa lavada. El balde pequeño, vacío. Lo esencial no estaba en el castillo. Estaba en las manos que lo construyeron. Y en la verdad que sostenían: todo es prestado. Todo regresa a su lugar.
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