Existe una melodía, una sinfonía agridulce. La vida. Todos la ejecutan, sin partitura. Los mismos movimientos, día tras día. Despertar, viajar, trabajar, volver. Una composición perfecta en su monotonía. La gente alquila sus propios instrumentos. El precio es la libertad. Persiguen papeles de colores, convencidos de acumularlos para vivir, cuando en realidad viven para acumularlos. Cambian sueños por seguridad, tiempo por un futuro prometido. Hasta que la música cesa. Uno siente el molde, esa forma prefijada. Quiere romperlo, pero cualquier movimiento es una herejía contra uno mismo. La cárcel más eficaz es aquella donde el prisionero es también el carcelero. Al final, la sinfonía no concluye en un acorde final. Se apaga. Y en ese silencio súbito, resuena la verdad: toda la música era prestada.
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