La melancolía de los domingos es la prueba de la semana que se fue y el anuncio de la que llega. Un intervalo de lucidez. Él comprendió que su cansancio no era del cuerpo. Era la fatiga de actuar en un intercambio permanente. Ofrecer atención, recibir expectativas. Regalar emociones, obtener demandas. Un mercado en el que siempre estaba en deuda. Cada contacto humano empezó a parecerle una transacción. Una negociación en la que su moneda personal estaba fuera de circulación. No por falta de valor, sino por un cansancio esencial de participar en aquel trueque. Así que se declaró en quietud. No es una retirada épica. Es la sencilla decisión de dejar de comprar y vender afectos. Los domingos, mientras el mundo practica sus rituales de conexión, él ejercita el suyo: la destreza de no necesitar. La luz se apaga. La semana espera. Él no. En su retiro, ha encontrado el único bien que no se negocia: el peso exacto de su propio silencio.
jueves, 20 de noviembre de 2025
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
ENTRAR
Todas las tardes, un hombre se detenía ante la misma puerta. La puerta de su casa. Metía la llave, giraba, empujaba. Adentro, todo esta...
-
Uno piensa una cosa, y dice otra. O promete algo, y no lo realiza. Es una ruptura. Un desgarro. Si se repite, cansa. La opción es simpl...
-
Llegará un día en que, al abrir los ojos, el futuro ya no será aquel paisaje generoso donde se guardaban todos los comienzos. Seguirá a...
-
Era una noche de diciembre, cálida. Sobre la mesa, un mantel blanco. Una botella vacía. La luz entraba desde la calle. Sonó el timbre. ...
No hay comentarios:
Publicar un comentario