Hay que enseñar el arte de caer. A permanecer en el suelo el tiempo justo. A reconocer, allí, el peso verdadero de las cosas. Se trata de construir un hombre que sepa ser, no sólo aparentar. Que encuentre en los otros no rivales, sino testigos de la misma fragilidad. Donde se puede fracasar, levantarse, y que la dignidad no se manche. Frente a este desfile de victorias huecas, de mediocres funcionales que ocupan los podios, de esos que cambian el mañana por un aplauso inmediato, frente a toda esa estampida por tener y no por ser… mi mirada se fija en el que se queda. En su quietud hay una resistencia. Una integridad que no se vende. Mirarlos me tranquiliza. Me compone por dentro. Yo también elijo soltar la corona antes que empuñar un arma. Prefiero la autoría silenciosa de mis actos a la ruidosa farsa del triunfo. Una insensatez, lo sé. Y sin embargo, llevo este error conmigo como una llave. No para abrir ninguna puerta, sino para recordar, siempre, que algunas cerraduras no merecen ser forzadas.
lunes, 24 de noviembre de 2025
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
¡CLINC, CAJA!
Primero fue una moneda. Después, una cifra. Después, la costumbre de dedicar la mayor parte del tiempo a lo que reditúa. ¡Clinc, caja! ...
-
Uno piensa una cosa, y dice otra. O promete algo, y no lo realiza. Es una ruptura. Un desgarro. Si se repite, cansa. La opción es simpl...
-
Una puerta. Está el afuera, y el adentro. Abrir es un acto sencillo: permitir el paso de un lado al otro. La dificultad reside en lo q...
-
Un hombre cruza la calle. Lleva las manos en los bolsillos y camina como si ya supiera adónde va. En la esquina, una mujer espera el c...
No hay comentarios:
Publicar un comentario