Existe una forma de mirar que escapa al intercambio. No negocia. No consume. No es la mirada del tener. Es la del ser. Quien así mira renuncia a apropiarse de lo visto. Prefiere, en su lugar, crear un espacio. Una suerte de territorio libre donde lo mirado puede, sencillamente, ser. Es un acto de afirmación. Pura generosidad, sin deuda. Esta mirada desconoce el valor de mercado del encuentro. No evalúa para comprar o vender. Confirma. Por eso no señala la falta, sino la posibilidad. No recuerda lo que falta, sino el puro asombro de existir. Cuando uno recibe esta mirada, no siente el peso de la deuda. Siente el alivio, breve y absoluto, de ser por fin un fin en sí mismo. Es el regreso a casa, después de toda una vida de exilio.
lunes, 24 de noviembre de 2025
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