Dos modos de mirar una flor. Uno: Se acerca. La arranca. La deshoja para entenderla. Dos: Se queda a dos pasos. La contempla. La deja ser. Esa segunda mirada es el respeto. No es mirar hacia el pasado. Es mirar sin urgente necesidad. La dignidad de la distancia. Es aceptar que hay una verdad que sólo existe si no se altera. Hemos cambiado esa mirada por un acto de consumo. Queremos la flor en la mano, deshojada. Lo instantáneo. Lo próximo. Es el fin de la distancia. Sin distancia, no hay encuentro, sólo choque. He aquí lo profundo: el respeto no es una cortesía. Es un pacto de salvación. Salvamos al otro de nuestro deseo de poseer. Y, al hacerlo, nos salvamos. Aprendemos a ver lo que las cosas son, no lo que queremos que sean. Es el acto más simple y radical: elegir no cruzar un límite. En ese "no" nace la única belleza que perdura. La pureza no está en lo que tomamos, sino en lo que, voluntariamente, dejamos intacto.
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