El que siente mucho actúa como un faro. Pasa el tiempo encendido para otros. Ilumina la costa para los barcos. Les marca las rocas, les da un punto fijo en la oscuridad. Ellos pasan, usan su luz, siguen su viaje. Nadie mira la estructura de cemento. Nadie piensa quién cambia la lámpara. El faro cumple su función. Sigue girando su haz de luz. Pero la sal corroe su metal. El viento desgasta su pintura. Por dentro, queda sólo el humo de tanto arder. Nadie lo ve. Llega un día en que el mecanismo, sencillamente, se para. No se rompe. Se detiene. La luz se apaga. Hay un instante de oscuridad total, pura. Los barcos, allá lejos, se confunden. No entienden el abandono. Buscan en vano el guía habitual. El faro no hace nada. Se queda quieto en su roca. Ya no gira. Ya no aporta nada. Mira la noche, sin ofrecerle nada. Y en ese no hacer, por primera vez, siente el frío del mar en su propia piel. La luna bañando su silueta. El peso exacto de su propia estructura sobre la tierra. Ahora la oscuridad es suya. El silencio es suyo. La roca que lo sostiene es suya. Ya no es una señal para otros. Es, al fin, algo en el mundo.
martes, 23 de diciembre de 2025
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