Hay un instante, en diciembre, en que la mano de un adulto oprime un botón. Se enciende una luz, surge un sonido. Algo despierta y cumple su función, exacta. No es el objeto. Es lo que revela: un mundo que obedece. La Navidad es ese permiso. La licencia para creer, otra vez, en la pura relación entre una conducta y su consecuencia. Entre dar una orden y verla cumplirse. Un circuito sin fallas. Luego, se agotan las pilas. La magia se evapora. Vuelve el mundo real, ese lugar donde los actos se pierden y nada responde como esperamos. Pero por un día hubo un botón. Y al presionarlo, todo funcionó. Un día para volver a ser la causa, y no el efecto.
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